jueves, 3 de octubre de 2013

Una forma de existir faltando

Reseña de Volcar la cuna en La diaria (Montevideo), por Gerardo Ferreira.


Volcar la cuna, de Ana Lafferranderie. Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2013. 59 páginas.

Una forma de existir faltando 

Ana Lafferranderie (1969) es uruguaya y desde 1990 vive en Buenos Aires. En 2007 publicó su primer poemario, El cielo tácito, y recientemente dio a conocer el segundo, por el cual obtuvo el primer premio en la categoría Poesía del Fondo Nacional de las Artes, en 2011. Volcar la cuna es un libro intenso, breve, escrito en clave de prosa poética -con apenas alguna alternancia en verso-, en el que la poeta trabaja con el presente y su fijación, con el pasado y su recuperación, pero principalmente con la memoria, cuyo tejido y espesura intenta reconstruir mediante la palabra. 

En “Caminos del espejo”, Alejandra Pizarnik, bajo su inconfundible e hipnótico estilo, establecía de manera visceral el estrecho vínculo entre la memoria como facultad psíquica y el recuerdo que, transformado en literatura, configura una pátina de tinta (descolorida) que apenas se asemeja a la vivencia pura. La poeta argentina planteaba esta mediación en términos de satisfacer una necesidad primordial, como por ejemplo la sed, un deseo que si bien puede ahogarse está siempre latente. En “Árbol de Diana”, a esta ecuación se le suma el Tiempo, es decir, todas sus edades: “Memoria iluminada, galería donde vaga / la sombra de lo que espero. No es verdad / que vendrá. No es verdad que no vendrá”. La memoria como lugar poético, como limbo entre el decir y el no decir, mostraba su vasta y oscura riqueza, que sólo podía ser arrancada de allí mediante una excavación profunda, de la cual el poeta no sale nunca ileso. 

No es un ejemplo caprichoso el que acabo de nombrar, de los tantos que se pueden citar o corresponder con la temática del libro de Lafferranderie, que sería el aspecto más superficial a la hora de comparar trabajos. Todo lo contrario. Volcar la cuna -tomando en cuenta la referencia a Pizarnik- instalará su poética justamente en el centro de esa “galería”, donde el verso espera hasta ser llamado a revelar el contorno de un recuerdo, para luego trazarlo en la hoja. Asumir esa actitud habla de una poética que se involucra, se arriesga y finalmente sale airosa de ese plan. Pero claro, todo tiene un precio. Para parir este proceso de escritura, creemos, y en este sentido es sólo una especulación, la voz debió someterse a una espera ingrata, a ser testigo mudo en un lugar sin coordenadas hasta dar con la verdadera conexión, algo así como entrar a una cueva oscura con un yesquero y no confundir la salida con un pozo. Cuando se logra rescatar de la psiquis una mínima porción de ese material perdido puede uno darse por satisfecho, porque aquí volver atrás no consiste en apretar el botón de “deshacer” para abolir una acción y edificar algo desde cero. No. Aquí volver atrás es evocar, o sea, traer sí o sí algo de regreso. 

De modo que la noción de “puente” se torna fundamental para entender el suelo, el tipo de ruta que propone el poemario y, claro, el tránsito al que el lector estará expuesto. Visto a través de ese prisma se justifica que, desde el punto de vista formal, todos los textos del volumen aparezcan sin títulos. Esa decisión también invita a realizar una lectura uniforme y de corrido, ya que se genera el efecto de estar atravesando el camino empedrado de esta mujer múltiple. En la primera parte, desde  el comienzo se presenta una voz “[…] que desborda [y que] volverá a otros para hablar de sí”, voluntad consciente que se manifiesta dentro de un espacio poético fértil para el creador, como dijimos: “Se puede estar en la memoria, ser antiguo”. 

En los primeros poemas, volver a la cuna es volver al origen, volver a la casa. La constelación familiar se hace presente así como la trinidad poeta-madre-abuela, metamorfoseada y desarrollada dentro del universo doméstico, lleno de ollas, cucharas y fuego. La palabra es la lumbre del hogar y guía el movimiento de ese cuerpo en su “afán impreciso”, que apenas se hace reconocible o tiene utilidad: “¿Por qué tiendo este puente con una pura ausencia?”, pregunta un “yo” cargado de inquietudes vinculadas al tiempo, al cuerpo, al dolor y a los viajes sanadores de la imaginación. 

En el segundo conjunto de textos (no secciones, porque apenas están separados por algunos epígrafes que custodian cada entrega), se patentiza aun más un “personaje” femenino, que “Vive sola en la casa de infancia”, pero se aprecia su constante mutación: insecto/mujer-madre/hija, pares que rápidamente se desvanecen, víctimas de su propio estatuto espectral, del que apenas queda el texto como registro. También hay lugar para introducir poemas en verso, llegando a siete los que la autora incluye en el volumen. Dicha alternancia en nada altera el ritmo de lectura, que se mantiene estable como el hilo de una tanza, clavada en la primera hoja y extendida sin obstáculos hasta el final. 

Un tercer sector se patentiza, y allí la voz poética se vuelve sobre sí misma, al presente de la madurez, que en realidad puede leerse como el presente de la escritura: “Yo sigo frente a mí. Con los pies en el agua sé que soy materia que se apaga”. El viaje por la memoria trae de regreso algo, más preguntas (interpelaciones que el lector puede tomar como propias por ser parte de ese tránsito), pero fundamentalmente trae evidencias de una historia personal, que funcionan como cápsulas de medicina. “De todos los presentes posteriores. Mi voz ya es pasado. La nitidez del límite cambia el espacio para vivir”. Así, en cada evocación, la identidad se va liberando de sus viejos dramas, y por medio de esa reconstrucción existe la posibilidad de pasar la página, de hacer el duelo y sudar una catarsis que “Sale de sí, se busca en otro tiempo. Ensaya el tacto de la que fui sin estar”. 

En este poemario se palpa la necesidad de investigar más que nunca en las huellas propias para trascender lo escrito, ya sea al suturar heridas o al cuestionar la propia génesis vital, cuyo presente pone al ser ante sí mismo. Una escritura depurada y precisa la de Ana Lafferranderie, pero principalmente, un oído fino, hondo como un abismo. 

Gerardo Ferreira