lunes, 30 de septiembre de 2013

Reseña de Volcar la cuna, por Franco Castignani

La exuberancia como un tatuaje oculto

(Franco Castignani en Poesía Argentina, No. 4, septiembre de 2013)



Volcar la cuna


Ana Lafferranderie

Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2012, 60 páginas


lleva tiempo entender
de dónde viene tanta
palabra y qué lengua
se puede usar


Marília García


Suele ser conveniente tanto al comenzar como al finalizar la lectura de un libro de poesía, realizar, realizarse, sin ceder a la tentación programática que muchas veces anida en la interrogación cuan fruto envenenado y signa para dicho movimiento un fracaso poco estimulante, realizar, decíamos, alguna o algunas preguntas. Comenzar por la interrogación en tanto apuesta de lectura y modo rigurosamente experiencial de acceso al poema. El cuerpo, materia siempre extraña, en primer plano. Luego llegarán las hipótesis, las especulaciones y las posibles derivas textuales, si es que aún son necesarias.

Un interrogante como eje provisorio; "¿Por qué tiendo este puente con una pura ausencia?" (p. 19). El poema se vuelve un punto de anclaje y de búsqueda, en la fisura que se abre silenciosa desde la pregunta. ¿Qué busca? Un rastro —¿un rostro?— entre las formas, dice y sugiere Ana Lafferranderie en el mismo poema. De allí la exuberancia que lentamente, y con precisión de entomóloga, va edificando la voz, en su gracia perdida y constantemente reencontrada. Exuberancia particular que sin dejar de maniobrar en la resistencia que opone el blanco de la hoja, ni resignarse frente a su ríspida sustancia, no necesita de mayores aspavientos para presentar cada palabra, siempre ajenas al calor que en algún momento las marcó. Acoger esa extrañeza, es decir, situarla en el seísmo al que convoca toda posibilidad encarnada en lo finito de un cuerpo y de una voz que al escribirse pierde y se pierde. Emplazarla y efectuarla una y otra vez en la escritura; tal sería la tarea a la que se ve llamada la poesía, y que este poemario asume con inusual rigor.


Apuntemos algo sobre la exuberancia. Ex -uberare. Palabra que, desde su etimología, puede ser definida como la proyección de los frutos a un exterior. El prefijo ex-presente en el sustantivo femenino ofrece otro matiz. Indica el impulso hacia el afuera, externo, a la vez que también denota una cierta desapropiación. Dejar de lado quizá definitivamente aquello que alguna vez pudo o supo ser propio. El contorno de una experiencia –notemos el prefijo compartido– que comienza a ser vislumbrado. Veamos el siguiente poema, quizá uno de los puntos más altos del libro:


Pregunta si todavía queda tiempo. Si el miedo puede dejarse de repente como se suelta una mano que aquieta. Camina sobre algo encendido. No hay modo de evitar la tarde. Vuelca la cuna y libera el espacio. Porque no hay madre para frenar el movimiento, rueda sobre sábanas sucias. El cuerpo se derrama, no lo levanta, para qué resguardarse dentro de un volcán.
(p. 34)


Como en aquellos versos de Irene Gruss –presentes en su libro La dicha (2004), obra que sobrevuela alrededor de estos poemas y a la que Lafferranderie pareciera rendir un delicado tributo – se da, se ofrece, en la secreta dificultad a la que remite la escritura, un ansia de arder. Agua helada, pero también magma, volcán, superficie blanda sobre la que el cuerpo se derrama una y otra vez cuando ya no hay madre ni miedo –sería necesario abrir un paréntesis para preguntarnos por la diferencia afectiva, mínima pero probablemente esencial, entre miedo y temor, ¿acaso esta diferencia mínima de la que hablamos tendrá que ver con la posición de quien escribe respecto al origen, su origen?– para refrenar el movimiento, que a partir de allí deberá ser sostenido calculando umbrales, dosis, para evitar que dicho movimiento devenga tanto sedimento como plano de pura disolución, imposibilitando un nuevo comienzo para la escritura.


Una digresión. El poemario se divide en tres partes, moduladas cada una por su propia cartografía afectiva. Como en un pentagrama que se presentara con los renglones un tanto invisibles y obligaran a quien escribe a espaciar y a enhebrar su propia partitura, la propia voz se vuelve también más ajena en su discurrir debido al influjo de una huella. Szymborska, Woolf, Gluck. Registros que indican un acercamiento pero también un descenso. Desde un lenguaje un tanto más distanciado y áspero ("La dualidad del muelle me refleja. Voy detrás de la línea del/ barco que se va, un elástico tenso me sujeta. A todo lo que lleva/ mi nombre y al renovado descanso de la casa" (p. 16)), atribuible en parte a la gran poeta polaca, hacia una dicción que se abre a la desgarradura que conlleva toda operación sobre el lenguaje que se disponga a abrir su tejido invocando una diferencia de tono mínima, pero en muchos casos inaugural para quien escribe. ¿No es acaso esa búsqueda, la de una voz, un lenguaje, cuyo tono intensivo y corporalizado introduzca la diferencia a la que referimos, la que podría aproximar tanto a Woolf como a Gluck con Ana Lafferranderie? Leemos en la página 28:




No se aventura a lo extraño.
Tiene una casa aireada, puso una luz directa.
Mientras escurre el trapo no ve
las marcas en el cuerpo.


Luego en la página 50:

Para que una quietud no evoque otra, esa soga gastada por la sal y las manos. Señales de una nueva inclemencia. El necesario cuerpo puesto a pelear.El cuerpo en estado de exuberancia. Dispuesto ante aquello que lo llame más pronto a la pelea, al decir de la inolvidable Storni. Hacerse, hacerlo, al cuerpo, digno de la huella y de la propia voz desde allí construida, una y otra vez al infinito. Estar despierta y en el mundo sin más garantía, protección o promesa que ese estar-allí. De este modo quizá acoger un poco del afuera, siempre extraño, y proyectar los frutos como un posible solaz para la noche. Aquí parece instalarse el mayor desafío que se plantea Ana Lafferranderie en Volcar la cuna. Y vaya si sale airosa.



Textos de Volcar la cuna (páginas iniciales)


Se puede estar en la memoria, ser antiguo. Reconocer las palabras. Y todo lo que vino será un saga, cada cosa el giro de un ovillo. Esta voz que desborda volverá a otros para hablar de sí.


Cierro los ojos, veo a una mujer. Lejana y familiar. Viene del frío de la montaña hacia la casa. Frota las manos en el pasado de mi gesto y mira el mundo desde un centro irrepetible. Amasa con el propio movimiento heredado, deja en el pan la marca breve de su pulso. Es absoluta en ese tramo de vida. Ocasiona un devenir que apenas ve.


Un gesto atávico, girar la cuchara en el líquido denso. La olla sobre el fuego, estar en el vapor. Los muslos pesando la madera. Una humedad viva, eso soy, como lo fueron otros. Cuerpo que se expande en la luz inestable del hogar.