martes, 16 de abril de 2013

Presentación de Volcar la cuna. Textos de Silvia Dabul y Florencia Walfisch.


11 de abril de 2013,  Beckett Teatro.
Presentación de Volcar la cuna, Ediciones del Dock.
Textos de presentación  de Florencia Walfisch y Silvia Dabul. 



Silvia Dabul

Cuando hace pocos meses me encontré  con la versión word de Volcar la cuna mi primera reacción fue de sorpresa. Un tipo de sorpresa feliz que inmediatamente dejó de serlo (en su condición de sorpresa, no de felicidad) ante el advenimiento de cierta comprensión. Sabía por conversaciones, café de por medio –esas charlas en donde desordenadamente se intercambian consejos para tratar adolescentes, confesiones amorosas, precios convenientes y pasiones poéticas– del largo proceso de trabajo de cierto libro, proceso que se me aparecía como misterioso y algo hermético. Recuerdo especialmente una mirada ensimismada de Ana, perdida en la ventana de un bar de la calle Lacroze al hablar de esos textos. Era coherente con su renuencia a todo tipo de exposición en tiempos de exhibición compulsiva. Ninguno de estos poemas fue anticipado o publicado en la red.
Una de las dedicatorias del libro explica de algún modo ese misterio. Rara o ninguna vez vi que un autor dedicara su trabajo a sí mismo, al menos no públicamente. Ana lo hace en la primera de las dos dedicatorias. Parece tomar distancia para observarse y pronunciar claramente “a mí, por el tesón”. Lejos, muy lejos de tener alguna implicancia egocéntrica, esas palabras justamente afirman su convicción de que el único camino que está dispuesta a transitar es el del trabajo paciente, solitario y minucioso. Y lo reconoce. La otra dedicatoria, a Irene por La dicha, revela otra faceta de Ana que quienes tenemos la suerte de tenerla cerca conocemos bien: su capacidad de intimidad y entrega, el lugar de privilegio que otorga a la confianza y la consecuente expresión de agradecimiento cuando eso sucede en el terreno que sea, el de las relaciones personales o literarias.
Después de leer esa primera versión creí adivinar el itinerario de una ruta transitada largamente, un ir y venir constante para extraer en ese recorrido la esencia más pura. No hablo del simple trabajo de corrección, sino de la tarea de elaboración de un objeto precioso y preciso. Cada texto del libro está cincelado como una delicada joya. No hay excesos, no se regodea ni por un momento en rodeos manieristas, cada palabra está allí porque le ganó terreno a otras impulsada por la limpieza de su propia energía. Por eso mismo cada una de esas palabras se mueve segura e imperturbable en una danza que parece pensada para una bailarina de butoh.
La ausencia de todo título, salvo el imprescindible que da nombre al poemario, habla también de esa vocación por conservar solo lo indispensable. El libro es un continuo en el que apenas hay un atisbo de separación sugerido por la inclusión de tres textos de Szymborska, Virginia Woolf y Louise Glück. Separación que a la vez une e integra, ya que como Ana, se trata de tres mujeres que viven sumidas en un mundo secreto y cuando parecen revelar su intimidad, aquello que dejan ver es más misterioso que lo que se oculta o calla.
Voy a cometer una pequeña infidencia. Cuando Ana me comunicó la decisión de que fuera yo una de las presentadoras del libro, además de agradecerle esa invitación que por muchas razones me honraba, le sugerí la conveniencia de que en mi lugar lo presentara alguien de renombre en el mundo literario. Ni por un segundo lo consideró. Esa elección habla también del modo en que se relaciona con los seres, las cosas y su propia obra: se abre a lo que es y existe, lo acepta o descarta. Y lo asume.  Sin cálculo ni especulación.
Es difícil hablar de aquello que es perfecto, por lo tanto estas palabras solo pretenden presentar una obra que es producto de la maceración, de la espera nutricia, una obra que demuestra que para llegar al punto de equilibrio entre virtuosismo y belleza no es necesario desplegar gran cantidad de producción sino profundidad.  Porque esa es la palabra exacta, se trata de la obstinada búsqueda de profundidad en un libro que se hunde para proyectarse lejos, una flor de loto que reconoce el barro que la propicia y emerge desde aguas muy hondas. Si como dicen, el loto puede germinar aun después de treinta siglos, augurios entonces de larguísimos frutos para esta obra, que despliegue sus mil pétalos y, como en palabras de la misma Ana, se convierta en Un deseo que cumplido se propague como luz.




Florencia Walfisch

Una vez hablé con Ana del amor. Yo trataba de poner palabras a lo inevitable. Ella dijo: “Es que es tan verdadero cuando es verdadero”

Francis Bacon decía que pintaba hasta que alguien venía y le sacaba sus cuadros del taller. Hace más de veinte años conocí su obra y tuve un arrebato de verdad y pasión; una marca que me acompañaría hasta ahora. Luego, con el tiempo, fui comprendiendo que lo que despertaba ese arrebato de certeza y emoción era el modo en que él se instalaba en el acto de pintar. Y la dimensión que me permitía reconocer, develar es que pintar - escribir- es una relación.

Ana es en relación. Todos los somos, pero Ana es sustancial, vital, medularmente en relación. Y su relación primera es con la poesía.
Ana acumula versiones interminables de sus textos. Cada vez vuelve al acto mismo de escribir y lo recrea, lo reitera. Jamás lo repite, sino que lo rehace. Ana va por la poesía, no por el poema. No es que el poema no importe, importa mucho, pero importa en la medida en que la pone o no en relación. Luego, (acaso por eso) los poemas son de una hondura arrasadora, deslumbrante. Pero su vínculo inicial es con la poesía. Como si  fuese un otro a quien se ama, se reconoce, se intenta abordar, se desencuentra. Un otro amor, ser amado, a quien uno no desearía nunca dar otra cosa que lo más genuino. Ana re-versiona incansable, casi obsesivamente sus textos. Pero no por otra cosa que por aquello de brindar ¿que brindaríamos a quien más amamos? ¿Con que cuidado, paciencia, entrega, amor, con que profundo amor entraríamos, una y otra vez, al terreno más querido?

  La materia se realiza completa en cada único acto.
Este soplo que llega desde el mar es todo el viento.

 La mira de Ana es de largo alcance por esa dimensión donde se funda. La poesía es de orden sagrado y no por protocolo o solemnidad sino por pasión existencial. Pocas cosas le dan tanta celebración como leer un poema que la toca.
Escribe por visceralidad, claro, por respiración, por deseo de vivir, pero su texto es un puente, acaso también un testimonio, una segunda cosa: lo primero es la poesía y la relación y el acto de escribir.

Entonces su poema es necesario. Gracias a esa relación, los textos se vuelven puente, se vuelven gestos vivos en esa geografía invisible que es la poesía misma, que quizás no sea otra cosa que cada laborioso, visceral y hondo puente que alguien ofrece para nosotros.

 Se puede estar en la memoria, ser antiguo. Reconocer las palabras en su curso. Se puede corregir mil veces, buscar mil veces, rehacerse. Se puede abrazar a los que escribieron antes, reconocerse parte de aquello que se ama. Se puede respetar y amar; se puede ser leal, perseverante, consecuente. Se puede escuchar lo que madura sin apurar ni retacear. Se puede ver crecer, se puede oír decir. Se puede ser sólida y tenaz, se puede ser una magnífica poeta y escribir un libro necesario. Y que además de necesario (o acaso por lo mismo) sea impecable, hondo, bello, conmovedor.
Se puede entrar a lo invisible y decir: Y todo lo que vino será una saga, cada cosa el giro de un ovillo. Esta voz que desborda volverá a otros para hablar de sí.
Se puede encarnar una poética, como quien traza sus propias coordenadas y ofrecer a la poesía una voz que diga: es tan verdadera cuando es verdadera.




Lectura de poemas con Julia Magistratti y Elba Serafini





Fotografías de mi lectura: gentileza de Alejandro Reynoso  
Las restantes: Alejandra Correa y Miranda Bruckner