miércoles, 15 de junio de 2011

Moon River


Del libro de Adúriz, "Los nada"

"Moon river"
(glosa)

Más de una milla de ancho, dice la tonada.
Creí que era el Mississippi, pero no,
es un recodo del río Savannah, con homenaje
al notable Mark Twain, entre otras cosas.
Un lugar visto siempre, visto y revisto
con los ojos del amor, que para mí
significan mi ciudad, mi país duro,
mi familia y amigos. Como el río dulce
de La Plata que no vemos porque lo llevamos
dentro, en la respiración y en los ojos, como
si fuera el río de la carne y lo que nos es dado
conocer. Vaya si es ancha esta corriente
para contemplarla si no con reverencia.

Río, que alguna vez cruzaremos con estilo.
Siempre estuve braceando y te aseguro
que no por poseerlo, sino darlo, compartirlo
a los otros, que en mi caso fue el poema.
Cómo no hacerlo si sentí ese empuje furioso
que me dieron tantos, cada uno a su modo.
Marechal y "El domador de caballos", el increíble
"Zona" de Apollinaire, nuestro primer hermano.
Creo que escribir es eso: llegar a la otra orilla,
a todos esos que uno no es, como dice quizás
el proverbio: la belleza está en los ojos
del contemplador, una sentencia que rueda
desde antiguo, y que en mis ojos son los de un lector
agradecido a tantos maestros que le dieron.

Río hacedor de sueños y rompe corazones,
allí donde vas te sigo y trato de entender cada onda
que me acerca y separa de la orilla
o quizá no, del inifinito misterio que nos rodea
con apretura y congoja, sin ver el otro día,
o nos sumerge sencillo en el gozo de nuestros
hijos con quienes vamos braceando y descubriendo
su forma en los vaivenes de la corriente. Valió vivir
también me digo, aparte de conocer tantos libros,
para leer estos libros vivos de páginas crecientes
y ahora tan mágicos, que traen nietos con figuras
y cuentos para niños, como un futuro encarnado
de que el río siempre estará aquí para quien quiera.

Hice mi sueño con brusca incertidumbre. Hice el abrir
los ojos de mañana, para ver a otros que me hicieron
a un tiempo. A mi mujer, que honró siempre el vivir
con una acalambrante inteligencia, sin conceder
a lo dañino. Puede parecer blandengue, lo que digo
pero lo curioso: no lo es. Tomados de una mano
invisible, ambos seguimos en el río de nuestro afán,
roto el corazón tantas veces de belleza o pena sin fin.
Pero aquí mi punto, ella con una sonrisa viva en la boca,
sin ceder, en la resolución nomás de haber apostado su vida
por una sola ficha, cosa que yo no puedo afirmar
sin sentir cierto rubor. Honor entonces al río que permite.

Sí, hay tanto mundo para ver, mi bella errante compañera,
es infinita su riqueza abandonada. Recuerdo, por decir,
los caminos de España, tu compañía en el coche, con
los chicos atrás, corriendo el sueño de nosotros mismos:
la contemplación de las cosas, la naturaleza de las cosas,
el paisaje en secano, las curvas del camino, las lluvias
de Bilbao y tu Asturias querida. Eso al inicio, pájaros
jóvenes de toda juventud. Y luego aquí, al volver
a una lengua más afín, donde se pinta de otra luz el mundo.
Y más tarde, la tarde que presagia la cercanía de la noche
nadando sin parar, vagabundo de nuestra deriva mental
cada vez más honda y bonita, como tus arrugas y tal vez
las mías. Vimos el mundo y el mundo es de nosotros.
Y hay tanto para ver que no terminaría nunca de contarlo.

Los dos buscamos el final del arcoiris (qué maravilla como
metáfora de muerte) de que lo dado es por un día, efímero,
pero por fin plenario, porque lo bueno del río es que no tiene
cauce ni lecho y semeja, a cada momento, que volamos desasidos
de la propia materia, cantando la canción que esto contiene,
melodía del aire. No creo ya en la eternidad, y si la hubiera,
mejor, no importa. Cada mojadura del agua es un cielo de tierra.
El fulgor del instante que nace y que se va, que escurre sin medida
desde el fondo del iris. Este es el arcoiris a cruzar, la mera vida.

Si algo espera detrás de la curva, yo te espero o esperame. Es
de una belleza desaforada cuando andamos del brazo por ahí,
cantando la oración de los mansos, los que no exigen nada.
Y es más, son nada. Polvo de estrellas que regresan
para volverse solamente nubes: amiga, compañera del alma.

Javier Adúriz
"Los nada", libro póstumo
Ediciones del Dock, 2011



Fotografía: barco camino a Colonia, 2010