sábado, 18 de septiembre de 2010

Palacio de hielo


De Margaret Atwood


Palacio de hielo


Otro palacio de hielo. Otro semi-
paraíso donde todos los deseos
se nombran y se crean,
y, después, se cumplen. Hotel
podría ser una etiqueta adecuada.

No está hecho de cristal, mazapán
y acero, agua teñida de oro
y gelatina de ópalo que brilla
cual pez abisal fosforescente, como
podrías pensar en un principio. No

son sólo sueños, son tan sólo
nubes de aliento que se articulan
en palabras: la cama celestial, el
desayuno bufé. Manos invisibles
que traen comida, arreglan

las sábanas, encienden las luces,
hacen que violines canten una canción de cuna
al aire azucarado, limpian el pelo
que dejaste en la ducha de porcelana,
y dejan una rosa en tu almohada
cuando no estás allí. ¿Dónde
está la bestia temible que dirige la función
y anhela que la besen?
¿Dónde los cuerpos que una vez
estuvieron unidos a esas manos?

Entre bambalinas, siempre hay una carnicería.
Ves pétalos rojos en el suelo.
Esperas que sean pétalos. No abras
la única puerta prohibida,
la que tiene el cartel de

Sólo personal autorizado. No mires
en la última habitación, la más pequeña, oh
querido, mejor no mires.


Margaret Atwood ("La puerta", trad. de Somacarrera Iñigo)



Fotografía: Parque Centenario, Buenos Aires, 2010