miércoles, 30 de diciembre de 2009

2010

Termina el 2009 y traigo mi regalito en forma de poema. Esta vez uno de Juan L. que eligió Flor y leímos en el cierre del primer año del Ciclo en Fedro.
Va con mis deseos de un año más equilibrado y justo, algo que suena tan utópico pero en lo cotidiano se vuelve cercano y traducible.
Como puse en mi muro "feisbuquiano": el año traerá -entre otras cosas- lo que busquemos, así que brindo por que busquemos y encontremos lo mejor. En mi caso (espero) sosiego, menos distracciones, no lastimar a otros por sentirme frágil, ser productiva. Como decíamos con amigas hace un par de noches: seguir lo que sé.
Le sumo todos los brindis hechos en estos días, en presencia, por teléfono, virtualmente, que son íntimos y al hacerse explícitos serían casi obscenos para este blog!. Los dejo flotando con toda su vitalidad, con la fuerza de su pasión, con la mejor risa que es la risa con amigos, con la gente querida y el deseo siempre vigente de alivianar la vida, hacerla más cómoda y feliz.
Besos y mi deseo de un muy muy buen 2010, buena década, linda vida.

PARA QUE LOS HOMBRES

Para que los hombres no tengan vergüenza

de la belleza de las flores,

para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles

o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo

por penetrar el mundo,

con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,

o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,

para que podamos mirar y tocar sin pudor

las flores, sí, todas las flores

y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,

para que las cosas no sean mercancías,

y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:

iremos todos hasta nuestro extremo límite,

nos perderemos en la hora del don con la sonrisa

anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.


Juan L. Ortiz


Fotografía: volviendo de la Boca, 2009.


lunes, 7 de diciembre de 2009

La mujer sin cabeza


La vimos ayer. Me sorprende Lucrecia Martel, me sigue sorprendiendo.
Corrí hoy a volver a leer la buenísima entrevista que le hizo Paula Jiménez. Transcribo acá una de las respuestas de Lucrecia en la entrevista, porque me parece particularmente brillante.

Paula Jiménez:
Cuando, al final de La mujer sin cabeza, Verónica pregunta por la habitación 818 ocupada en el fin de semana de la tormenta y la empleada del hotel no encuentra registro, una podría interpretar, por ejemplo, que su primo hizo desaparecer las pruebas de haber estado ahí con ella. Como si flotara en la atmósfera ese sistema de valores y el encubrimiento y la desaparición de las pruebas formaran parte de esa idiosincrasia, o de la idiosincrasia de cierta clase social.

Lucrecia Martel:
Es como si borrar las pruebas de una pequeña infidelidad permitiera borrar las de un crimen, o a la inversa. Borrar es borrar. Desresponsabilizarte, negar algo en lo que has tenido una importante parte, es también hacer un agujero en tu vida, no es solamente negar un hecho. Se va creando un agujero negro que se va comiendo un período enorme. Es como las parejas que deciden no verse nunca más y tienen un gran resentimiento; yo creo que jamás podría ir por ese camino, debido al terror que me da que desaparezca una parte de mi vida. Porque si vos negás mucho a alguien, por odio o por lo que sea, eso empieza lentamente a erosionar y un día no te vas a acordar de nada de esa época. Solamente para no recordar a esa persona vas a tener que borrar viajes, ¡tantas cosas vas a tener que hacer desaparecer! Cuando estábamos filmando “La mujer sin cabeza”, a una de las actrices, de mi misma generación, le había pasado algo con su hija y ella trató de acordarse de cómo era ella misma cuando tenía la edad de la chica, pero no recordaba porque aquél había sido un período de mucha negación y terminó olvidándose de sus propios recuerdos. Hay cosas que tomamos muy livianamente y que al final significan la muerte para uno. Es lo mismo que pasa con la felicidad. Tenemos una idea muy miserable de la felicidad, excluyente. La felicidad de la clase media – alta implica, tal como están las cosas, la infelicidad de un montón de gente. Esa es una cosa horrible de aceptar y podemos pasar la vida negando esto. Pero hay una conciencia íntima y profunda, que nunca se termina de atontar y que le hace saber a cualquiera, hasta al más cretino, que existió siempre otra posibilidad de la felicidad, una felicidad para todos. Una felicidad por la que no te avergonzarías de la propia dicha porque sería también la de los demás. Pero esa no fue la que elegimos. Nosotros nos conformamos con una felicidad medio chicona, miserable, como te decía antes. Reconocernos en esta clase de felicidad, hace que la alegría de la propia vida disminuya. Cuando uno niega algo, eso crece. Es un monstruo que se agranda en cuanto vos decidiste abandonarlo y hacer como que no existe.