viernes, 12 de diciembre de 2008

No entres dócilmente


Tres versiones en español, de un maravilloso poema de Dylan Thomas, luego del texto original en inglés.
Va especialmente dedicado, como tantas cosas desde hace ya un tiempo..


DO NOT GO GENTLE INTO THAT GOOD NIGHT

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

Dylan Thomas (Swansea, Gales 1914-Nueva York, 1953)


NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios al morir entiendan que la tiniebla es justa,
porque sus palabras no ensartaron relámpagos
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo
con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los locos que atraparon y cantaron al sol en su carrera
y aprenden, ya muy tarde, que llenaron de pena su camino
no entran dócilmente en esa noche quieta.

Los solemnes, cercanos a la muerte,
que ven con mirada deslumbrante
cuánto los ojos ciegos pudieron alegrarse
y arder como meteoros
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú mi padre, allí, en tu triste apogeo
maldice, bendice, que yo ahora imploro
con la vehemencia de tus lágrimas.
No entres dócilmente en esa noche quieta.
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz.

Trad. Elizabeth Azcona Cranwell, Dylan Thomas, poemas completos. Ediciones Corrregidor, Buenos Aires, 1974

NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA PLACIDA NOCHE

No entres dócilmente en esa plácida noche,
la vejez debería arder y delirar al terminar el día;
rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Aunque los sabios reconocen al morir que la tiniebla es justa,
porque ningún relámpago han clavado sus palabras
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los buenos, que en el último gesto lloran por el brillo
con que sus frágiles actos hubieran podido bailar en una verde bahía,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Los salvajes, que atraparon y cantaron el sol en vuelo,
y demasiado tarde aprenden que lo han apenado en su camino,
no entran dócilmente en esa plácida noche.

Los solemnes, cerca de la muerte, que ven con mirada cegadora
que los ojos ciegos pudieron brillar igual que meteoros y alegrarse,
rabian, rabian contra la agonía de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas feroces, te suplico.
No entres dócilmente en esa plácida noche.
Rabia, rabia contra la agonía de la luz.

Dylan Thomas, trad. Gerardo Gambolini, Los grandes poetas, prólogo de Jorge Fondebrider. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988.



NO ENTRES DOCILMENTE EN LA NOCHE CALLADA

No entres dócilmente en la noche callada,
Que al morir la luz la vejez debería
Delirar y arder; odia el fin de la jornada.

Aunque el sabio ve en su ocaso la alborada,
Como a su verbo el rayo vigor no confía
No entra dócilmente en la noche callada.

Llora el hombre bueno tras la última oleada,
Por lo que pudo su obra danzar en la bahía,
Y odia, odia feroz el fin de la jornada.

Y el loco, que al sol cogió al vuelo en su “albada”,
Y advierte, aunque tarde, la ofensa que le hacía,
No entra dócilmente en la noche callada.

Y el grave, que al morir ve con ciega mirada
Que ojos ciegos ser pueden meteoros de alegría,
Odia, odia feroz el fin de la jornada.

Y tú, padre mío, de tu cima alejada,
Maldice o bendíceme con voz airada o pía.
No entres dócilmente en la noche callada.
Odia, odia feroz el fin de la jornada.


Trad. Esteban Pujals
Vía Nostalgias imperiales