viernes, 3 de octubre de 2008

Oto ha-yam


Porque así ocurre (todo encadena), en Banchero (fotos en la entrada anterior), Elba K. habló de Amos Oz y por eso ayer me mandó estos bellísimos textos de su libro "El mismo mar" (Oto ha-yam).
La foto (Michael Stipe, REM), es un regalo anticipado de cumpleaños, para esta queridísima amiga.


Rico

Bondad, amargura, pasividad y desprecio ve el señor Danon
en el retrato de su hijo. Como dos caras superpuestas:
la mirada y la frente.
Abiertas, luminosas, y delante, la línea amarga de los labios,
casi cínica. En la fotografía el uniforme disimula la caída
de sus hombros, ensanchando al joven hasta un hombre
duro. Hace ya unos años
que casi es imposible hablar con él: ¿qué tal? Como siempre.
¿cómo estás? Bien. ¿has comido? ¿has bebido? ¿te apetece
picar algo? Ya vale, papá. Ya está bien.
¿y qué opinas de las conversaciones de paz?
Balbucea alguna ocurrencia,
ya en la puerta, adiós. Y no trabajes demasiado.
Y a pesar de todo hay afecto, no en las palabras
ni en la fotografía,
sino en medio o al lado. Su mano en mi brazo: su contacto
es apacible, familiar y extraño a la vez. Ahora en el Tibet
son casi las tres menos veinte. En vez de seguir indagando
lo que no está en la foto, me voy a preparar una tostada,
a tomarme un té
y a volver al trabajo. Esta fotografía no hace justicia.


En la otra cara

Ha llegado una postal, con un sello verde: hola papá,
esto es precioso, alto, puro,
la nieve me recuerda los cuentos búlgaros
que mamá me contaba de pequeño
sobre pueblos con pozos, bosques, duendes ( aunque aquí casi
no hay árboles, a esta altura solo crecen arbustos y son
más bien como una gran obstinación).
Aquí estoy bien, con jersey y todo,
y estoy con unos holandeses muy prudentes. Por cierto,
de alguna forma el aire suave
transforma aquí completamente todos los sonidos.
Ni siquiera el grito más terrible
rompe el silencio sino que, cómo decirlo, se une a él. Y tú,
no trabajes hasta muy tarde. P.D. en la otra cara de la postal
verás una fotografía de un pueblo en ruinas. Hace unos mil
años había aquí una civilización perdida
que desapareció por completo. Nadie sabe lo que pasó.


Mar

Hay un pueblo en el valle. Veinte cabañas de techo plano.
La luz de las montañas es fuerte e intensa.
Junto al meandro del río los seis escaladores,
la mayoría de Holanda,
están tumbados sobre una lona jugando a las cartas.
Paul hace algunas trampas y Rico,
que pierde, se echa a descansar, envuelto en un anorak
y una bufanda, y respira despacio
el aire fuerte de las alturas. Alza la vista: puntas de hoces
afiladas. Don nubes de pluma.
Una superflua luna al mediodía. Y si se tropieza,
el abismo tiene olor a útero.
La rodilla duele un poco y el mar arrastra.

Amos Oz
Traducción del hebreo de Raquel García lozano

Tomado de la contratapa del libro (Ediciones Siruela, Madrid, 2002):
Esta es una historia contada por diferentes personajes en lugares distintos, pero constantemente interrelacionados, bien por la realidad, bien por los sueños y obsesiones de cada uno de ellos. En el mismo mar todos los personajes se hallan separados de su objeto de amor, a veces por una barrera, una pared, un país, una habitación o la muerte.
Prosa y poesía se entrelazan en la narración (...)