domingo, 27 de julio de 2008

Puerto calcinado


Escuché a Andrea Cote (Barrancabermeja, 1981) el último día del Festival "Salida al mar".
El marco de los festivales suele ser poco propicio a la emoción: esas luces blancas, esas mesas largas, esos espacios amplios donde la gente circula más de la cuenta. Sin embargo, cuando algo ocurre en la lectura, el clima se genera y el contacto se produce.
Eso me pasó con esta buena poeta colombiana. (No sólo me ocurrió a mí: Paula Aramburu la menciona en su blog, por haberla escuchado en Rosario y la impresión fue coincidente entre varios amigos que estaban en la lectura de Buenos Aires).
Me gustaron los textos de Andrea, una atmósfera donde las cosas y los hechos tienen un fluir propio, paralelo a lo visible o aparente y que sólo el poema/ el poeta atisba, reconoce, anuncia, delata...
Escuché textos logrados, una eficacia sutil para rematarlos y una manera de leer que captura la atención. Pero sobre todo me conmovió el primer poema que traigo acá, que - cuando hablé con ella - recordé como: "el del río". Le pedí su mail y los textos, ya que no se consiguen por aquí en forma de libro. Ahora los tengo y al leerlos, crecen. Aquí van tres.


Puerto quebrado

Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.

Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.

Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.


Estación de luz

Verás, es tu ciudad o mi ciudad que no descansa,
en la que siempre hay algo a
punto de venirse abajo. Por ejemplo, la lluvia —
derrumbada en ese sitio donde
estuvo la luz— ya sabes; o los árboles quemados
de cielo a media tarde,
aniquilados como pájaros que se lanzan desde
el aire y caen en los parques,
arrastrando desde arriba hasta aquí la manía
de caer. Porque es verdad que es mi ciudad,
que es del otoño, la casa misma de todo lo que
lentamente se desploma hastiado de durar
en el aire y la intemperie de la luz.
Verás, aquí es el sitio de las cosas desplomadas,
el lugar donde nos fascinamos
con el desmoronamiento paulatino de los muros
que inician con el tiempo el descenso hacia
sí mismos, simplemente, y con el único fin de
vernos sucumbir ante el encanto de las casas
derrumbadas, tan sucias o tan viejas
—nos da igual— cuando sólo nos importa
que las casas enfiladas habrán de caer
—como también se caen las tardes de su luz—
porque esta ciudad, que es del otoño,
es la casa de las cosas que siempre son más
bellas cuando están a punto de acabar.


Llanto

María,
hablo de las montañas en que la vida crece lenta
aquellas que no existen en mi puerto de luz,
donde todo es desierto y ceniza
y es tu sonrisa gesto deslucido.

Allí es enero el mes de los muertos insepultos
y la tierra es el primer cadáver.
María,
¿No recuerdas?,
¿No ves nada?
Allí nuestras voces son desecas
como nuestra piel
y se nos queman los talones
por no querer saber
de las casas incendiadas.

Hablo María
de esta tierra que es la sed que vivo
y el lecho en que la vida está enterrada.

Piensa María,
en que esto no es vivir
y la vida es cualquier otra cosa que existe
húmeda en los puertos donde el agua sí florece,
y no es hoguera cada piedra.

Acuérdate, María,
que somos
pasto de perros y de aves,
somos hombres calcinados,
cortezas vacías
de lo que éramos antes.
¿De qué estás hecha?, niña mía,
por qué crees que puedes coserle la grieta al paisaje
con el hilo de tu voz,
cuando esta tierra es una herida que sangra
en ti y en mí
y en todas las cosas
hechas de ceniza.

En nuestra tierra,
los cuervos lo miran a uno con tus ojos
y las flores se marchitan
por odio hacia nosotros
y la tierra abre agujeros
para obligarnos a morir.


Andrea Cote Botero (Barrancabermeja, Colombia, 1981)
Su libro "Puerto Calcinado" (Universidad Externado de Colombia, 2003) fue Premio Nacional de Poesía Joven de la Universidad Externado de Colombia y Premio Mundial de Poesía Joven "Puentes de Struga", otorgado por la Unesco y el Festival de Poesía de Macedonia.
Es colaboradoradora del Festival Internacional de Poesía de Medellín.