miércoles, 18 de junio de 2008

Clase 62 (II)

Gustavo Caso Rosendi

De regreso

La soledad teje y desteje nuestra sombra bajo la luna
Hemos construído un gran caballo
con los huesos de los nuestros
Hemos cegado al cíclope (esta pena)
y huído colgando del vientre de nuestros miedos
Nos hemos negado a ser rebaño
y hemos nadado en la nada por ello
Caminamos ahora de regreso
los escudos ensangrentados se parecen al sol
que mirábamos de niños


(de Bufón triste, Ultimo Reino, 1995)




Martín Raninqueo

Haikus de guerra

Percute la lluvia
el techo del pozo
(hago que leo)

Noche de frío
(¡que ella me sueñe
a su lado tendido!)

Nadie a la vista
salvo el viento
jugando con una olla

Dulce es el viento
si no arrastra gritos
y esparce la nieve

Sobre la turba
ramita verde
muriéndose de frío

Sol en el monte
Cantamos el Himno
(fingimos coraje)

Brusco es el viento
que empuja a un soldado
herido en el monte

Copos sobre copos
Caen gotas rojas
(una tras otra)

Ventisca y tristeza
Camino al Canberra
que está en alta mar

Tras la bruma
los niños que fuimos
nos están gritando: adiós


(selección de un poemario que será publicado este año por EDULP)



Carpintero

Con el cepillo le sacaba bucles de oro a la madera rubia de los cedros.


Piedras cantoras sus manos
para arrullar la madera


Había una bolsa de aserrín a mitad del taller que en mi imaginación era una bolsa de boxeo. Y yo era Miguel Ángel Firpo, el Toro Salvaje de las Pampas:


Y un cross de derecha
y un jab y un gancho
a la cocina
y un cross de izquierda

Hasta que el abuelo, puteando al cielo, me gritaba: "Ya está bien. A tu rincón". ¿De qué hablaban los algarrobos con mi abuelo?


Piedras cantoras sus manos
para arrullar la madera

Perlas de sudor crecían es su pelada brillante como la de Joe Briscoe:


Y un cross de derecha
y un jab y un gancho
a la cocina
y un cross de izquierda

Una tarde una mujer vestida de negro atravesó como un espectro una de las paredes del taller. Entre una nube de aserrín, le encargó al carpintero un cajón para muertos del tamaño de su cuerpo. Pasó diez años construyéndolo: el tiempo que duró el Parkinson, como el de Mohamad Alí. ¿Por qué temblaba tanto mi abuelo? ¿De su temor nacía el temblor?


Piedras cantoras sus manos
para arrullar la madera


Ayer terminó el cajón y cuando lo fue a probar, se quedó para siempre ahí, dentro del corazón del árbol, con su camisa de grafa y el metro en el bolsillo. Yo le grité: "Ya está bien. A tu rincón". Pero no me hizo caso. Después, el olor del barniz me hizo tambalear, y con toda mi impotencia y la fuerza de Ringo Bonavena en mis puños, le pegué a la bolsa, que cayó para siempre al suelo. Así abandoné el taller-Luna Park de mis sueños, como quien abandona por paliza, abriéndome paso entre sus herramientas, mientras el único empleado le iba sacando lustre a mi silencio, a su pobreza.


Piedras calladas sus manos
qué soledad, la madera.




(de Poemas del Flautista, 2003)
Poema que Raninqueo dedicó a su abuelo, inolvidable personaje que le hizo una pileta de madera y le revistió su guitarra de fórmica.