martes, 8 de abril de 2008

Mercado común

Un par de poemas del excelente libro "Mercado común" de Mercedes Cebrián, escritora española que conocimos en Fedro gracias a Gabriel Reches. El libro podrá conseguirse pronto en Buenos Aires, según me cuenta Mercedes, en librerías especializadas. Es de la editorial "Caballo de Troya".

e

Aquí no se está fundando nada, como mucho
se cambia una bombilla vieja por otra
que no luzca, se limpian unas botas
pero fáciles, negras,
sin cordones.
El paraguas que llevo, si lo elegí plegable
fue para no alejarme mucho de su centro. Equidisto,
parece que calibro, que sopeso el diámetro
y es falso: las medidas ya fueron fijadas
hace tiempo por otros. El pie no crece
más. Aparco entonces el asunto del pie
y el del paraguas.

En vuestras casas dan comienzo los átomos, todo
el aire lo copa vuestra firma
ilegible. Sé que varias personas dependen a diario
de vuestras dimensiones; sé que subsisten
por medio del calor que dejáis
en la ropa: sólo por eso finjo
que milito en la sede de un partido
diáfano. Todo son ventanales
desde donde os observo, desde donde
agradezco que existan
cremalleras (los cordones
me asustan). ¿Os sigue sorprendiendo
que practique
la mitad de bailar?

Aquí no está naciendo nadie, nunca vimos
cómo se abría paso
un verbo tan preciso. No conocemos
a quien lo pronunció en primera
persona. Pasadnos por favor una copia
del llanto típico que se escucha
al principio. Os lo pedimos
porque os vemos capaces de desfibrilar,
de hacer respiraciones boca
a boca, de elaborar proyectos
tan claros como una canción
de cuna.



f

Permanecemos en la ciudad, al menos. El hielo
es transitivo
aquí ―algo que hiela a alguien.
Hielo y granizo
del mismo material que lluvia y nieve.

Aquí envejecemos, aquí se celebran
las citologías. La seducción se practica
con guantes aunque la intensidad
del frío
destruya los microbios.
No paran de vender sandalias
en las zapaterías, los pies de las mujeres
interesan.

El tejado a dos aguas es un bien
necesario en la ciudad del norte; en otras partes
es mera petición
de nieve que no cae. Aquí la nieve dificulta
el acceso, iguala cielo y suelo, y en medio
las viviendas, la risa humana
y la ingeniería.

Todo lo que no es ciudad
confina. Lo que ocurre cerca
de la carretera es siempre
pernicioso, y me refiero a un cerca
muy antiguo, cuando las carreteras
estaban embarradas.
(No hemos tenido suficiente
contacto con el barro. No daremos
respuestas, por tanto, sobre el barro.)
Nos refugiamos
dentro: ya vuelven las radiografías
a adornar las paredes de nuestros
comedores. Es actual la luxación, el tobillo
inflamado, la cabeza del fémur. Hay algo vivo
filtrándose en aquello.