miércoles, 12 de marzo de 2008

Poemas anteriores (I)

Ordenando la biblioteca y revisando archivos, encontré mis poemas publicados antes de "El cielo tácito". Entre ellos esta serie que está en una Antología de Editorial Nuevo Ser, 2002.

I

Cuando pude oír nadie gritaba
y cruzabas a pie un río oscuro.

No tengo músculos.
Me desvanezco en el planeta
donde descansamos mullidos una tarde
entre los brazos generosos que presta la alegría
y  la promesa de un regreso vedado
la cumplo inútilmente
porque nada me acerca.


II

La sábana es más fresca después de la disculpa.
Ahora logro acomodarme engañando
a la ballena que me traga.
Tengo el recuerdo de una manta más dócil
que cubría el oscuro rincón del pensamiento
(la arena movediza que me falta)

Hay una exacta pérdida en la flor bordada que no tuve:
el olor del carbón como sucia derrota .
Cuando creía que eludía esa llaga
trajiste a la ventana lo que desconozco.
Ahora el miedo te trae tan alejado
que no veo tus gestos.


III

Mecimos algo demasiado sólido esa tarde,
 aferrados en la vereda a un último permiso.

Mirame
sin que lastime ese hilo que nos atraviesa
como una casa perdurable que me ampare.
Prefiero quedarme en este día
y el simulacro de ser menos dispares.
Si en algún sitio se defiende ese retorno
no conozco la astucia de buscarlo.
Traiciono
mi propio desconcierto
como el único estado que recuerdo,
la incomprensible vigilia donde no tengo párpados,
la terquedad de pretender que seas una suave
presencia que aún me elige.


IV

El modo de la tarde me cobija .
Puedo palpar tus manos jamás tocadas
el tibio lunar de tu palma frondosa.

Sueño lo que no necesito
y despliego mi añoranza de tu voz
detrás de esa pared donde se alejan
tus piernas
como una blanca altura que crece al escalarla.

Me sostengo en la curva que nos hace siameses
pero a la noche vuelvo a la tienda sedienta
para dormir atrapada en mis pies.

No olvido que la tierra es un imán
donde por siglos algo
favorece el descenso.


V

Hay animales sobre las espaldas
¿ves que en cada rostro crece un velo mordido?

Aunque camine en una granja soleada
con la armonía que me presta  el silencio
padezco el vértigo del que escapo
cuando en él me hundo.

Alguien debería encontrar el filo de tanta fragilidad.



VI

Algo de mi cuerpo me está negando.
Hay un elástico en el que reboto
para volver a un mismo punto.

Nada puedo aprender
si el tiempo marca mi forma en esta silla.
Sólo tragando, recuerdo el paladar.

Quiero reconocer la voz que me calma
sin dañarla.


VII

La arena donde reposa la lluvia más fría
cae sobre los hombros en los que ya no duermo.

Sé que te miro desde el centro
de un volcán que despierta
sin poder despegar mi lengua
para ensuciar el silencio.

Ahora es inhallable una forma más noble
me alimento de lo que me despoja.


Ana Lafferranderie
(2002)