martes, 12 de febrero de 2008

Por escribir esas cosas

Cuando alguien ha estado tan presente con sus versos, (al menos a mí me ) cuesta elegir.
Lo sabe, porque frente a él no escatimo entusiasmo. Como decimos con "cierta" amiga cuando algún/alguna poeta nos lleva a la desmesura: que se la banque, por escribir esas cosas.


Fragmentos de "Muro con lagartos", de Eduardo Mileo (En danza, 2004):


Mi mujer me ha tenido en su vientre.

Mi mujer me ha extrañado

como extrañan las madres

a sus hijos por nacer.

Y que un día tal vez tengan mujeres

e incluso sean padres.


Mi mujer ha llorado

de dicha y de desdicha

por el niño que sostiene

san Cayetano en sus brazos,

al que acaricia con una espiga.


El niño que fui

era mudo o hablaba

a la velocidad de las orugas.

Mi madre tendía camisas como

jazmines recién cortados,

empapados de luz.

El niño que fui la miraba,

la oía canturrear,

deseaba en silencio

tenerla dentro de su vientre.


Como una muñeca

mi madre se sienta sobre mis rodillas,

sonríe como una colegiala

y cierra primero un ojo,

después el otro.


Santa María,

madre de Dios:

enséñame a parir un cuerpo mío.


Sobre la cabecera

de la cama de mi madre

hay un rosario: sus cuentas

son los ojos de los niños

que han nacido sin madre.

Ella reza su rosario

y mira dentro de las

pupilas vacías,

iluminadas de olvido.


En el hospital donde ha muerto mi madre

están haciendo reformas,

nuevas alas.


Mi mujer tiende un rosario

de labios hacia mí

para que yo bese la frente

de mi madre muerta.


...


Mi mujer odia llevarme en su vientre.

Mi mujer quiere un vientre vacío

para llenarlo de viajes.


...


Mi madre escribe cartas a España.

Ella cree que España existe

porque su madre se lo ha dicho.

Un océano separa

a mi madre de España.

La fe de mi madre es un océano.


En el vientre de mi mujer

escribo cartas.

Mis cartas son una danza embrionaria,

dictadas con tinta amniótica.

No dicen nada de mí,

no saben nada de mí.

...


Entre mi madre y yo hay un océano.

Pero no escribo cartas.

...

El niño que fui ha matado al canario de mi madre.

Mi madre ya no canta.

Entre su voz y la mía faltan alas.

...


Mi madre llora

junto a su balcón de niebla.

No llora de tristeza

sino por exceso de fluidos.

Mi madre es un mar

de incontrolables corrientes.

Extraña una tierra que no ha conocido

y que por eso se le ocurre más bella.

Desea cruzar el mar,

su mar,

para encontrarla.


El niño que fui la ve llorar

y piensa que llorar

es un acto influido por las mareas.

...


Mi mujer me ha perdido.

El niño que fui la busca.

Se detiene.

Se pierde buscándola.

No quiere que a mi mujer

se le pegue su sombra.

El niño que fui quiere llorar

pero no tiene dónde.


...

Mi mujer no conoce su abismo.

Nadie conoce su abismo.

Pero su alma es del té.

De la hoja del té.

...

Mi mujer busca en sus manos

alguna seña de que su madre vivió.

...

Mi mujer se enfurece y no tolera

poner el fuego de sus ojos en mí.

Voltea la cabeza y las pupilas

airadas de su convento.

Mira la pared.

Las pequeñas grietas que simula

la navaja de lo inmóvil.


Los lagartos son tan antiguos

que no queda de ellos más que una idea.

Pretéritas estrellas,

que brillan apagadas.

La ilusión de estar donde hace falta.


El niño que fui cree en la gloria,

pero lo aplasta el cielo

perfecto de mi madre.


...


Tibia

como un sol indiferente;

distraida en el agua sepia de sus fotos,

mi mujer desconfía del instante.

No hay lente -cree-

capaz de decir

que un gesto es para siempre.

Mi mujer sonríe,

y aparece en la superficie.

Qué no daría el niño que fui por inspirar,

gozar del aire antiguo de sus cosas.

...