Cuando alguien ha estado tan presente con sus versos, (al menos a mí me ) cuesta elegir.
Lo sabe, porque frente a él no escatimo entusiasmo. Como decimos con "cierta" amiga cuando algún/alguna poeta nos lleva a la desmesura: que se la banque, por escribir esas cosas.
Fragmentos de "Muro con lagartos", de Eduardo Mileo (En danza, 2004):
Mi mujer me ha tenido en su vientre.
Mi mujer me ha extrañado
como extrañan las madres
a sus hijos por nacer.
Y que un día tal vez tengan mujeres
e incluso sean padres.
Mi mujer ha llorado
de dicha y de desdicha
por el niño que sostiene
san Cayetano en sus brazos,
al que acaricia con una espiga.
El niño que fui
era mudo o hablaba
a la velocidad de las orugas.
Mi madre tendía camisas como
jazmines recién cortados,
empapados de luz.
El niño que fui la miraba,
la oía canturrear,
deseaba en silencio
tenerla dentro de su vientre.
Como una muñeca
mi madre se sienta sobre mis rodillas,
sonríe como una colegiala
y cierra primero un ojo,
después el otro.
Santa María,
madre de Dios:
enséñame a parir un cuerpo mío.
Sobre la cabecera
de la cama de mi madre
hay un rosario: sus cuentas
son los ojos de los niños
que han nacido sin madre.
Ella reza su rosario
y mira dentro de las
pupilas vacías,
iluminadas de olvido.
En el hospital donde ha muerto mi madre
están haciendo reformas,
nuevas alas.
Mi mujer tiende un rosario
de labios hacia mí
para que yo bese la frente
de mi madre muerta.
...
Mi mujer odia llevarme en su vientre.
Mi mujer quiere un vientre vacío
para llenarlo de viajes.
...
Mi madre escribe cartas a España.
Ella cree que España existe
porque su madre se lo ha dicho.
Un océano separa
a mi madre de España.
La fe de mi madre es un océano.
En el vientre de mi mujer
escribo cartas.
Mis cartas son una danza embrionaria,
dictadas con tinta amniótica.
No dicen nada de mí,
no saben nada de mí.
...
Entre mi madre y yo hay un océano.
Pero no escribo cartas.
...
El niño que fui ha matado al canario de mi madre.
Mi madre ya no canta.
Entre su voz y la mía faltan alas.
...
Mi madre llora
junto a su balcón de niebla.
No llora de tristeza
sino por exceso de fluidos.
Mi madre es un mar
de incontrolables corrientes.
Extraña una tierra que no ha conocido
y que por eso se le ocurre más bella.
Desea cruzar el mar,
su mar,
para encontrarla.
El niño que fui la ve llorar
y piensa que llorar
es un acto influido por las mareas.
...
Mi mujer me ha perdido.
El niño que fui la busca.
Se detiene.
Se pierde buscándola.
No quiere que a mi mujer
se le pegue su sombra.
El niño que fui quiere llorar
pero no tiene dónde.
...
Mi mujer no conoce su abismo.
Nadie conoce su abismo.
Pero su alma es del té.
De la hoja del té.
...
Mi mujer busca en sus manos
alguna seña de que su madre vivió.
...
Mi mujer se enfurece y no tolera
poner el fuego de sus ojos en mí.
Voltea la cabeza y las pupilas
airadas de su convento.
Mira la pared.
Las pequeñas grietas que simula
la navaja de lo inmóvil.
Los lagartos son tan antiguos
que no queda de ellos más que una idea.
Pretéritas estrellas,
que brillan apagadas.
La ilusión de estar donde hace falta.
El niño que fui cree en la gloria,
pero lo aplasta el cielo
perfecto de mi madre.
...
Tibia
como un sol indiferente;
distraida en el agua sepia de sus fotos,
mi mujer desconfía del instante.
No hay lente -cree-
capaz de decir
que un gesto es para siempre.
Mi mujer sonríe,
y aparece en la superficie.
Qué no daría el niño que fui por inspirar,
gozar del aire antiguo de sus cosas.
...

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