viernes, 15 de febrero de 2008

El secreto II


Algunos poemas de "El secreto", de Claudia Masin
(Texto del 2005, publicado en la Antología 1997-2007, que lleva el mismo nombre.
Librería de la Paz, Resistencia, 2007)


Decía: cuando se rompe un objeto querido
que guardábamos en un lugar
secreto de la casa, el mundo entero pierde el orden
que tenía hasta entonces. Cada cosa que hemos tocado
con la delicadeza del amor, al desaparecer
se lleva nuestras huellas, nos arroja consigo allá lejos,
donde es abandonado aquello que ya no es útil,
que está incompleto.

Decía: dónde vivir si se ha roto... decía algo
acerca de las cosas que se quiebran, cosas en las que una
había aprendido a vivir, no se sabe cómo, porque eran
cosas tan pequeñas algunas que cabían en la palma
de una mano, y otras ni siquiera podían ser vistas
o tocadas. Decía, sin embargo, que esas cosas eran
más poderosas que el principio de gravedad
cuando se trataba de mantener un cuerpo
anclado a la tierra.



Decía: la rosa china sigue floreciendo cada año, y ese
es el acontecimiento que espero, como si mi futuro
dependiera
de la aparición de un gajo, de cierto cambio minúsculo
en una casa de la que ella y yo somos las únicas
habitantes.

Decía que cada año, cuando florece la rosa china
en el jardín del fondo, desearía contárselo
a todos, pero que no sabe a quién, además de a ella,
podría interesarle este hecho que incluye a dos seres
(el rosal, ella misma) que viven en el límite de lo visible.



Decía: los golpes más sutiles son los que hacen
vacilar al cuerpo. No las grandes tragedias.
Como a las montañas más sólidas las derriban
esas piedras que la erosión va empequeñeciendo,
debilitando año a año, sin que nadie lo note
hasta que un día cualquiera
se produce el desprendimiento.

Decía
algo acerca de la fragilidad del cuerpo. Algo acerca
del momento en que empieza a caer indefectiblemente,
no arrastrado por una conmoción, sino empujado suavemente
por fuerzas invisibles y modestas, como cae una pluma
por el peso del viento.


Decía: qué trae el viento norte cuando sopla, el viento
de los locos, el que te hace pensar en cosas idas, el que baila
frente a tu puerta y no se sabe si viene a traerte la inquietud
o la dicha.

Decía que, en los días de viento norte,
el aire se llena de polvo, de partículas que vienen
de otras tierras a colmar la casa, como el desierto,
por efecto del sol, se colma de imágenes
que de día hacen pensar en el mar, y por la noche
se desvanecen.



Decía: no sé viajar, hay quien sabe irse de un lado
a otro,
buscando yo no sé muy bien qué cosas, a mí las tierras
y las personas distantes me parece que no existen,
que vivieron
algunas vez en las historias que contaba mi madre
de su infancia,
y se apagaron cuando ella se apagó.

Decía que no existen países ni gentes extranjeras,
que todo el universo empieza y termina
en la tierra natal, porque el amor se agota
en lo cercano, su luz caprichosa no ilumina
aquello que no conoce.



Decía: cuando hablo, siempre estoy a punto
de contar un secreto. Por eso me quedo callada
a veces, los demás deben pensar que sin motivo, yo sé
que es porque no puedo o no sé decir
eso que, dentro mío, causa el silencio.

Decía que decir cosas por lo bajo es hablar sola,
que habría que levantar la voz para sentirse en compañía,
encontrar - como quien canta- entre todas,
la nota precisa, o quizás, apenas, ser como el chico
que grita palabras sin sentido, o el herido
que cuando se queja por el dolor que siente
hace existir entre los otros su herida.



Decía: hacer que el viento sople,
eso quisiera, que los días corran, uno
detrás de otro, se sucedan
las estaciones, las vidas y las muertes
dentro mío, hacer que algo se apague
y se termine, que algo se encienda
y recomience.

Decía que no tiene fin, que hay que dejar que corra
como agua sobre las piedras, que el dolor no tiene
término, comienza en el lugar en que parece haber cesado
aunque alguna vez súbitamente se detiene,
con la misma puntualidad con que ciertas estrellas
- un día cualquiera, en millones de años-
dejan de estar fijas en el cielo, y simplemente
desaparecen.