viernes, 29 de febrero de 2008

Sociedad anónima

No tengo fotos de ayer porque nadie llevó su cámara y no quisimos importunar al fotógrafo que presentaba la muestra, siendo que estaba en el rol de mostrar sus fotos: bellas, preciosas fotos blanco y negro sobre la pared amarilla de Amaycha, un bar cálido pegadito al Abasto, con un mozo muy afable y colaborador y una pizza que sorprende.

En fin, como decía, nadie llevó su cámara, ni el chico de los mentolados, ni la chica de piel tan blanca... ni yo, que tengo mi cámara colapsada (fatídicamente colapsada) desde hace un buen tiempo.
Así que no hay foto para ilustrar el momento, pero sí el recuerdo de una linda noche con amigos, y la invitación a visitar esa preciosa muestra de Sebastián Miquel, que se llama "Sociedad anónima" e incluye fotografías tomadas en distintos lugares. Situaciones y momentos muy disímiles pero en todo caso personas (anónimas) que buscan o ansían resguardar un espacio, un lugar específico, un recuerdo, un valor.

Especialmente conmovedoras y bellas las fotos del bar más antiguo de San Antonio de Areco, un bar centenario con destino de extinción, que se ve casi desierto. Me gustó muchísimo una de su dueño sentado en una silla, reclinado sobre un respaldo curvo, con la mirada hacia afuera; en otra se ve una bicicleta, al fondo, contra la madera de un mostrador; en más de una el piso extenso con sus baldosas antiguas que invita a entrar, a ocupar ese espacio, a dejar algo que lo ayude a persistir (estas fotos realizan de algún modo ese "algo").
Hoy vi que, en su blog, Sebas acompaña una de estas fotos con un verso de "El tiempo está después", tristísima y bella canción de Fernando Cabrera (uruguayo, enorme compositor): "la primavera en aquel barrio (Sebas reemplaza por "en aquel bar") se llama soledad..."
Otra foto de la muestra me dejó imantada: es parte de una serie tomada en una marcha . La mirada de una chica, su (hermosa) cara, su expresión algo dura y abstraída...

La invitación es a ver la muestra en el bar Amaycha (Anchorena 628), durante los próximos 20 días.
"Sociedad anónima"
. Fotografías de Sebastián Miquel.


El tiempo está después
Letra y música de Fernando Cabrera

La calle Llupes raya al medio/encuentra Belvedere/el tren saluda desde abajo/con silbos de tristeza/ aquellas filas infinitas/saliendo de Central/el empedrado está tapado/pero ahí está.
La primavera en aquel barrio/se llama soledad/se llama gritos de ternura/pidiendo para entrar/y en el apuro está lloviendo/ya no se apretarán/mis lágrimas en tu bolsillo/ cambiaste de sacón.
Un día nos encontraremos/ en otro carnaval/tendremos suerte si aprendemos/que no hay ningún rincón/ que no hay ningún atracadero/ que pueda disolver/en su escondite lo que fuimos/ el tiempo está después.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Sea su carne


Entonces en las aguas de Conchán
(verano, 1978)

Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena.
Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla. Y era azul.
Hay quien la vio venida desde el Norte (donde dicen que hay muchas).
Hay quien la vio venida desde el Sur (donde hiela y habitan los leones).
Otros dicen que solita brotó como los hongos o las hojas de ruda.
Quienes esto repiten son las gentes de Villa El Salvador, pobres entre los pobres.
Creciendo todos tras las blancas colinas y en la arena: gentes como arenales en el arenal.
(Sólo saben del mar cuando está bravo y se huele en el viento).
El viento que revuelve el lomo azul de la ballena muerta. Islote de aluminio bajo el sol.
La que vino del Norte y del Sur y solita brotó de las corrientes.
La gran ballena muerta.
Las autoridades temen por las aguas: La peste azul entre las playas de Conchán.
La gran ballena muerta.
(Las autoridades protegen la salud del veraneante).
Muy pronto la ballena ha de pudrirse como un higo maduro en el verano.
La peste es, por decir, 40 reses pudriéndose en el mar (0 200 ovejas o 1000 perros) .
Las autoridades no saben cómo huir de tanta carne muerta.
Los veraneantes se guardan de la peste que empieza en las malaguas
de la arena mojada.
En los arenales de Villa El Salvador las gentes no reposan.
Sabido es por los pobres de los pobres que atrás de las colinas
flota una isla de carne aún sin dueño.
Y llegado el crepúsculo - no del océano sino del arenal -
se afilan los mejores cuchillos de cocina y el hacha del maestro carnicero.
Así fueron armados los pocos nadadores de Villa El Salvador.
Y a medianoche luchaban con los pozos donde espuman las olas.
La gran ballena flotaba hermosa aún entre los tumbos helados.
Hermosa todavía.

Sea su carne destinada a 10000 bocas.
Sea techo su piel de 100 moradas.
Sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano.


Antonio Cisneros



La bastardilla de los últimos tres versos pertenece al poema


gracias a quien lo leyó para mí y luego lo dejó por un tiempo en mis manos

domingo, 24 de febrero de 2008

Equivalencias

Llegó a mis manos, producto del "ingenio popular":


Tabla de equivalencias en los elogios poéticos

No es el que más me gustó de tu producción = este poema es un bodrio; en vez de avanzar vas para atrás

Poema rico, exuberante, lleno de matices = hermano/a sacále un poco de adjetivos, porque de tan saturado, empacha

Poema inteligente, agudo, preciso = este poema es frío como una hoja de cuchillo y conmueve menos que una vaca pastando; sacálo del freezer

Cuánta sinceridad y sentimiento hay en tus letras = el poema es horrible, pero te creo

Has logrado sintetizar lo que todos sentimos = está lleno de lugares comunes, falto absolutamente de originalidad

Tu estilo es inconfundible, lo reconocería aunque no lo firmaras = sólo un cabrón como vos puede escribir así

Tu poema es excelso, pletórico de un lenguaje riquísimo, exquisito = dejá de sanatear

Nadie expresa el amor como lo hacés vos con tus letras = sos cursi, meloso, empalagoso; igual que yo ...

viernes, 22 de febrero de 2008

Sueño




"Ese vaivén que cuando amanecía

hamacaba los rezagos del sueño..." *




* Versos de Libreta de insomnio, poema IX, A. Mendez Casariego,

en "El elefante de cartón", Ediciones Patagonia, 2004


lunes, 18 de febrero de 2008

Miércoles y jueves: poesía

MIÉRCOLES

ENTRE ÁRBOLES
Ciclo de poesía y música en el Botánico
(al lado del invernadero de cactus - entrada por Rep. Árabe Siria)

Miércoles 20 de febrero
20.30 hs puntual

Poesía:
Claudia Masin
Paula Jiménez
Cinthia Torino


Música:
Manuel Ochoa

Y el ciclo sigue el miércoles 27 de febrero con las poetas
Susana Villalba y Andi Nachón
y el músico Lisandro Aristimuño

JUEVES


LITERATURA VIVA
café literario

Inicia su sexta temporada
en Cátulo Bar
-Scalabrini Ortiz 1687-

a partir del jueves 21 de febrero
a las 21.

Poeta invitada: Nora Perusín
quien publicó en 2007 su libro

"La distancia es esa frontera que se mueve"

Habrá también
MICRÓFONO ABIERTO.


Invitan: Gerardo Curiá y Lidia Rocha.

Más datos sobre el ciclo y la invitada en:
http://www.valknutr.blogspot.com/


viernes, 15 de febrero de 2008

El secreto II


Algunos poemas de "El secreto", de Claudia Masin
(Texto del 2005, publicado en la Antología 1997-2007, que lleva el mismo nombre.
Librería de la Paz, Resistencia, 2007)


Decía: cuando se rompe un objeto querido
que guardábamos en un lugar
secreto de la casa, el mundo entero pierde el orden
que tenía hasta entonces. Cada cosa que hemos tocado
con la delicadeza del amor, al desaparecer
se lleva nuestras huellas, nos arroja consigo allá lejos,
donde es abandonado aquello que ya no es útil,
que está incompleto.

Decía: dónde vivir si se ha roto... decía algo
acerca de las cosas que se quiebran, cosas en las que una
había aprendido a vivir, no se sabe cómo, porque eran
cosas tan pequeñas algunas que cabían en la palma
de una mano, y otras ni siquiera podían ser vistas
o tocadas. Decía, sin embargo, que esas cosas eran
más poderosas que el principio de gravedad
cuando se trataba de mantener un cuerpo
anclado a la tierra.



Decía: la rosa china sigue floreciendo cada año, y ese
es el acontecimiento que espero, como si mi futuro
dependiera
de la aparición de un gajo, de cierto cambio minúsculo
en una casa de la que ella y yo somos las únicas
habitantes.

Decía que cada año, cuando florece la rosa china
en el jardín del fondo, desearía contárselo
a todos, pero que no sabe a quién, además de a ella,
podría interesarle este hecho que incluye a dos seres
(el rosal, ella misma) que viven en el límite de lo visible.



Decía: los golpes más sutiles son los que hacen
vacilar al cuerpo. No las grandes tragedias.
Como a las montañas más sólidas las derriban
esas piedras que la erosión va empequeñeciendo,
debilitando año a año, sin que nadie lo note
hasta que un día cualquiera
se produce el desprendimiento.

Decía
algo acerca de la fragilidad del cuerpo. Algo acerca
del momento en que empieza a caer indefectiblemente,
no arrastrado por una conmoción, sino empujado suavemente
por fuerzas invisibles y modestas, como cae una pluma
por el peso del viento.


Decía: qué trae el viento norte cuando sopla, el viento
de los locos, el que te hace pensar en cosas idas, el que baila
frente a tu puerta y no se sabe si viene a traerte la inquietud
o la dicha.

Decía que, en los días de viento norte,
el aire se llena de polvo, de partículas que vienen
de otras tierras a colmar la casa, como el desierto,
por efecto del sol, se colma de imágenes
que de día hacen pensar en el mar, y por la noche
se desvanecen.



Decía: no sé viajar, hay quien sabe irse de un lado
a otro,
buscando yo no sé muy bien qué cosas, a mí las tierras
y las personas distantes me parece que no existen,
que vivieron
algunas vez en las historias que contaba mi madre
de su infancia,
y se apagaron cuando ella se apagó.

Decía que no existen países ni gentes extranjeras,
que todo el universo empieza y termina
en la tierra natal, porque el amor se agota
en lo cercano, su luz caprichosa no ilumina
aquello que no conoce.



Decía: cuando hablo, siempre estoy a punto
de contar un secreto. Por eso me quedo callada
a veces, los demás deben pensar que sin motivo, yo sé
que es porque no puedo o no sé decir
eso que, dentro mío, causa el silencio.

Decía que decir cosas por lo bajo es hablar sola,
que habría que levantar la voz para sentirse en compañía,
encontrar - como quien canta- entre todas,
la nota precisa, o quizás, apenas, ser como el chico
que grita palabras sin sentido, o el herido
que cuando se queja por el dolor que siente
hace existir entre los otros su herida.



Decía: hacer que el viento sople,
eso quisiera, que los días corran, uno
detrás de otro, se sucedan
las estaciones, las vidas y las muertes
dentro mío, hacer que algo se apague
y se termine, que algo se encienda
y recomience.

Decía que no tiene fin, que hay que dejar que corra
como agua sobre las piedras, que el dolor no tiene
término, comienza en el lugar en que parece haber cesado
aunque alguna vez súbitamente se detiene,
con la misma puntualidad con que ciertas estrellas
- un día cualquiera, en millones de años-
dejan de estar fijas en el cielo, y simplemente
desaparecen.



El secreto

El secreto * me provocó esa sensación que tenemos muchas veces los que escribimos: un texto dice algo cercano a lo que uno, en algún momento, quiso o ansió decir. No en lo anecdótico sino en la focalización y la vivencia de un universo, de un momento, en este caso a través de una voz familiar .
La mirada sobre presencias tan cercanas, la íntima relación con los objetos, la resignificación de lo que otros han dicho, pequeñas leyendas que no llegan siquiera a ser tales o mejor dicho, convocan a realizarlas.
En "El secreto", lo que se dice o "decía" se sustenta en la quietud, una aparente contemplación que es perplejidad y es una (inofensiva) inminencia. La repercusión interior de algo que llega: el viento o una voz, el olor a tierra, una imagen en la ventana, una presencia que evoca otras...

Lo que quisimos escribir pero apenas vislumbramos, en algún sentido desasosiega. Así también alivia que otro atraviese ese núcleo, que ese decir exista y esté ahí, en su tono justo. Ese calado de otro en un mundo próximo reconforta, genera un agradable empatía y en mi caso trae, casi en automático, la pregunta: ¿para qué intentar decir lo que otro ha dicho tan límpidamente?.

Pero el paso inmediato es, paradójicamente, la escritura. La que se impulsa en una huella cercana. Una sombra que se agolpa; una luz que crece y busca, otra vez, ciegamente, el propio modo.
Asi es que El secreto, en su precisa y delicada apertura, también lleva mi mano para seguir escribiendo. Y ese movimiento entre la pregunta y el impulso, cada vez que ocurre, me deslumbra. Porque me habla de lo terco de la voz, de lo expansivo del lenguaje y - mucho más allá de lo literario- de lo más atractivo y estimulante que encuentro en este mundo: el contacto con otros, el hacer de sus cuerpos, sus palabras.


* El secreto es un texto poético de Claudia Masin, escrito en el 2005 y editado en la Antología de igual nombre, Resistencia, Librería De La Paz, 2007.


Imagen: tarjeta postal con la fotografía que está en la tapa del libro. Detalle de "Naptime", de Sally Mann.

martes, 12 de febrero de 2008

Por escribir esas cosas

Cuando alguien ha estado tan presente con sus versos, (al menos a mí me ) cuesta elegir.
Lo sabe, porque frente a él no escatimo entusiasmo. Como decimos con "cierta" amiga cuando algún/alguna poeta nos lleva a la desmesura: que se la banque, por escribir esas cosas.


Fragmentos de "Muro con lagartos", de Eduardo Mileo (En danza, 2004):


Mi mujer me ha tenido en su vientre.

Mi mujer me ha extrañado

como extrañan las madres

a sus hijos por nacer.

Y que un día tal vez tengan mujeres

e incluso sean padres.


Mi mujer ha llorado

de dicha y de desdicha

por el niño que sostiene

san Cayetano en sus brazos,

al que acaricia con una espiga.


El niño que fui

era mudo o hablaba

a la velocidad de las orugas.

Mi madre tendía camisas como

jazmines recién cortados,

empapados de luz.

El niño que fui la miraba,

la oía canturrear,

deseaba en silencio

tenerla dentro de su vientre.


Como una muñeca

mi madre se sienta sobre mis rodillas,

sonríe como una colegiala

y cierra primero un ojo,

después el otro.


Santa María,

madre de Dios:

enséñame a parir un cuerpo mío.


Sobre la cabecera

de la cama de mi madre

hay un rosario: sus cuentas

son los ojos de los niños

que han nacido sin madre.

Ella reza su rosario

y mira dentro de las

pupilas vacías,

iluminadas de olvido.


En el hospital donde ha muerto mi madre

están haciendo reformas,

nuevas alas.


Mi mujer tiende un rosario

de labios hacia mí

para que yo bese la frente

de mi madre muerta.


...


Mi mujer odia llevarme en su vientre.

Mi mujer quiere un vientre vacío

para llenarlo de viajes.


...


Mi madre escribe cartas a España.

Ella cree que España existe

porque su madre se lo ha dicho.

Un océano separa

a mi madre de España.

La fe de mi madre es un océano.


En el vientre de mi mujer

escribo cartas.

Mis cartas son una danza embrionaria,

dictadas con tinta amniótica.

No dicen nada de mí,

no saben nada de mí.

...


Entre mi madre y yo hay un océano.

Pero no escribo cartas.

...

El niño que fui ha matado al canario de mi madre.

Mi madre ya no canta.

Entre su voz y la mía faltan alas.

...


Mi madre llora

junto a su balcón de niebla.

No llora de tristeza

sino por exceso de fluidos.

Mi madre es un mar

de incontrolables corrientes.

Extraña una tierra que no ha conocido

y que por eso se le ocurre más bella.

Desea cruzar el mar,

su mar,

para encontrarla.


El niño que fui la ve llorar

y piensa que llorar

es un acto influido por las mareas.

...


Mi mujer me ha perdido.

El niño que fui la busca.

Se detiene.

Se pierde buscándola.

No quiere que a mi mujer

se le pegue su sombra.

El niño que fui quiere llorar

pero no tiene dónde.


...

Mi mujer no conoce su abismo.

Nadie conoce su abismo.

Pero su alma es del té.

De la hoja del té.

...

Mi mujer busca en sus manos

alguna seña de que su madre vivió.

...

Mi mujer se enfurece y no tolera

poner el fuego de sus ojos en mí.

Voltea la cabeza y las pupilas

airadas de su convento.

Mira la pared.

Las pequeñas grietas que simula

la navaja de lo inmóvil.


Los lagartos son tan antiguos

que no queda de ellos más que una idea.

Pretéritas estrellas,

que brillan apagadas.

La ilusión de estar donde hace falta.


El niño que fui cree en la gloria,

pero lo aplasta el cielo

perfecto de mi madre.


...


Tibia

como un sol indiferente;

distraida en el agua sepia de sus fotos,

mi mujer desconfía del instante.

No hay lente -cree-

capaz de decir

que un gesto es para siempre.

Mi mujer sonríe,

y aparece en la superficie.

Qué no daría el niño que fui por inspirar,

gozar del aire antiguo de sus cosas.

...


sábado, 9 de febrero de 2008

Lecturas

En este link a su blog, Una temporada de invierno,
Caro Esses comenta las lecturas que hizo durante el verano, con una mirada que siempre me resulta atractiva y enriquecedora...

Lo más importante: estimula a leer, esos libros y otros.

miércoles, 6 de febrero de 2008

martes, 5 de febrero de 2008