martes, 4 de diciembre de 2007

Su pan desterrado


De su bellísimo "Libro de Egipto".
Último Reino, 2003.


El Filicida

El mismo hombre que degüella ese cordero
asesinó a su hija, con un hijo adentro,
para que no la vean
y la hundió en el río
y en el río de sí mismo.

Esta deshonra que el honor exige
era necesaria
para que Dios pueda estar en todas partes.

Aúlla como una cabra
la niña de sus ojos
y un trueno estraga el árbol de sus muertos,
mientras la mata
y ella lo enciela
y lo deja, inverso,
tocado por un solo sentido.

Nadie va a oír
el trapo de sus palabras
cuando pida que lo enferme el olvido
y ore
a la basilisca,
a la oblicua religión
la que se alimenta de una niña tenue
la que con la luz del perdón
afila los cuchillos.


La Ciudad de Los Muertos

I

Aquí, en la Ciudad de los Muertos,
hallé mi techo,
puse mi mesa
y su pan desterrado.
Mis hijos corren entre las tumbas
del patio de mi casa.
Cuando vuelven de sus juegos
sonríen
horas y horas
dormidos
y no de felicidad
de infinito
sonríen.
Mi mujer no se ve.
Sus ojos fulguran en la cocina
como dos insectos
dentro del humo del mausoleo
(en un campo de cenizas
hace
fuego de ciegos).

Mi madre es esa anciana
fija
en un rincón de la calle.
Ella no nació.
Guarda, como otras viejas, este lugar.
Hace años que tiene
la ira de los muertos.

Nadie entra aquí
a menos que su miseria
sea más grande que la muerte,
nadie que no muerda el polvo
de todos los desiertos.


XV

Puertas adentro
junto a una cama quemada por las pesadillas,
en una mesa
comen
sin reconocerse
mi mujer, los difuntos, los insectos y mis hijos.

Fuera, en el patio,
el sol tambaleante
brama
con un hueso en el cerebro
se golpea, se eleva, se entristece y se rompe.


XVI

A veces por la televisión
entran al mausoleo
mares naciendo,
lluvias en lejanas selvas,
hombres que no nos ven,
ciudades.

Mi hijos,
con las raíces al aire,
no creen en ese mundo
se duermen sin sentir
como esas mariposas negras, sordomudas,
pegados
a estos muros mentales.

Jardines de cal
su infancia.

Nadie aquí se sueña en otra parte.