domingo, 6 de enero de 2008

Del citrus de tus manos


Critina Domenech, "Demudado". Airediseño Ediciones, 2007.


La noche habita las cocinas/ y cambia el modo de la mesa/ tendida para nadie.

¿Desde dónde se escribe?. ¿Desde la emoción, el impulso?, ¿desde la mesura?. ¿Desde la estirpe que quisimos, desde el viento que nos resta?.
Si se escribe desde la primera escalera: ¿cuánto hay de su mármol en la letra de los versos?
Si nos abandonan trastos y estrenos: ¿ continúa el pulso donde creyó estar?

Aquí donde gobiernan perros/ los hombres parecen restos de Dios.

¿Desde dónde se lee?. ¿Desde la empatía: lo ínfimo que nos alberga?. ¿Desde el dolor compartido, inclaudicable?. ¿O desde la mirada que busca equilibrio?

(...) el hombre es un pez que ríe/ y hace del mundo un agua inhabitable.

Yo leí estos poemas desde todos esos sitios: una catarata medida en su vaso. El peso que se reconoce en la piedra incrustada.
Leí y vi ojos en los ojos.

te sumergías en los naranjos/ y mirabas el río/ cuando regresabas de la vergüenza de reconocerte viva.

Una pregunta desplazando sentidos.

¿ Adónde ir, consumiendo este desierto?.

¿La palabra atraviesa la materia y la funda?.

Decías ave y volaban de oro.
Decías panal
y las abejas derretían miel en tus cristales.
Las mujeres que lamieron tus pies
como ostras cansadas del citrus de tus manos
llenaron sus pechos de armonio
haciendo pretérito lo vulgar.

El demudado cambia y se desfigura, muta sus formas para no ser reconocido. O se atrinchera en otras expresiones, tapiza colores ajados. Su gesto demuda en el dolor.

¿Por qué nadie me dijo que era sucio ese poema/ que no hace, que no, dice no, nada y lucha/ por condensar nada, por no decir amor/ por saberse tan solo?

De todos los poemas de este libro, además de los versos previos (en bastardilla), transcribo algunos textos completos: los primeros seis poemas de una serie de ocho.

Interrogancia

I
Como un árbol que busca la tierra
aquí, donde germina el tiempo
tenías que gritar.
¿Había- preguntaste- palabras para mí?

II
Ni podías bailar, no
como todos, en la noche de San Juan.
Te quedabas como música
que pierde y persigue la luz.
¿Había - preguntaste- una gema para mí?

Pero no encontrabas nada brillante
porque no eras el río
que desenfrenado llegaba
al cuerpo demasiado, allí
tuviste que huir.
¿Había - preguntaste- buenas razones para mí?

III
Parecías un perro hambriento
debías roer las raíces
o el resto de algún hueso hijado.
Leíste en el eco del papel
blanco a Maiakovski: hay un desborde de gente, y yo
voy perdido entre la multitud.

¿Eres tú? - fingías como el poema escrito
a la luz del farol de la casa pública -
¿Había falta - preguntaste- o conozco goces para mí?

IV
Tampoco pudiste cambiar
el nombre de los amados.
Intentabas y volvías (¿implorar?) hasta el Señor.

Una mosca regresaba al poema del hombre
cubierto el rostro de la bondad de la mosca
que rogaba por la carne.

Decía - el poema - anda una mosca por la carne quieta.
Entonces leías por enésima vez ese verso
para entender el significado:
el signo del cuerpito entre las manos
que como una cruz carga la eternidad.

¿Había - preguntaste - una niña para mí?
cuando Maiakovski enhebraba
tus pupilas como un collar de juguete.

V
¿Quiere decir que alguien escupe esas perlas?
- volvías una y otra vez a preguntar-

VI
Debiste - como él- pensar en el miedo
que sabe indispensable
la broma nueva que esconde el cuerpo.

Te dije con absurda autoridad:
hay huellas
que crecen en la boca de los cuervos
sólo para borrar los hijos.
¿Había - preguntaste- unos hijos para mí?


Todas las bastardillas incorporadas en el texto, antes de los poemas, son versos de Cristina Domenech.