sábado, 13 de octubre de 2007

Confirmación del paraíso


Alex Piperno tiene (sólo) 22 años. Acaba de editar su libro "Confirmación del paraíso", bajo el sello Artefato, de Montevideo.
Escribe con una equilibrada combinación de frescura y solidez. Versos limpios. Una soltura no subrayada; un escribir honesto, sin imposturas.
El libro tiene una introducción muy interesante a cargo de María Esther Burgueño, y se consigue en Fedro.
Además de poeta, Alex es dibujante y estudia cine.
Coordina, junto a Laura Chalar la curaduría de poesía: "Las elecciones afectivas", de Uruguay.



VIII

Cesárea
hay una barca rota en el desierto
(la describo
porque me hace acordar
a mi madre
fuertes trazos oscuros
un ojo entrecerrado
y una cara de viejo
una caricatura de un viejo agonizando

podrían suponer que se parece mucho
a la muerte
pero no/ se parece
mucho a la muerte)
¿por qué ponés esa cara
qué fue lo que dije ahora?
yo sólo dije que
hay una barca rota en el desierto.

II

hay un rumor de hueco
en las madres que son tela doblada
en las madres
iracundos termómetros
hay un piso de metal de cordones
de insectos repetidos

en cada brillo en la reminiscencia
de estos bolsillos tibios
hay
una mutilación
una trenza que no fue bien cortada
y hay dos hurtos.

IX

yo tenía paraguas para todos
quería que me odiaran
quería deshacerles a cada uno sus ropas
y ahí darles paraguas
como un sol rojo de mí a la gente
paternal
inocente
y decirles tomá
no vayas a enfermarte

está lloviendo de mí a la gente
la gente no se moja

XXI

amenaza

se van a callar todos
cuando hable
con la voz de navaja
obligatoria
se van a callar los ojos
van a salir con palas
al final del domingo
a enterrarse
y van a encontrar caras
conocidas
cada uno en su fila
con todos los papeles
en la mano
acomodando el cuerpo
en la madera muda
y me van a dejar
tranquilo
de una vez.


XXII

un corazón atado
a tres pelos
desborda la pileta

tomo el pelo más largo
y empiezan a caerse
los pocos que conservo
todavía

como un molino tosco
como un pliegue de carne
condenado a la mugre

miro el agua de nuevo
pero las cuerdas negras
se estiraron
considerablemente

saltan
me tumban en el piso
me escupen en la cara
me maldicen

a mí
que los dejé creciendo tantos meses
como quien cuida a un hijo para algo

me atan contra un perchero
me cuelgan como un saco

a mí
desnudo
como un saco

como un cordero viejo
antes de tiempo.

XXVII

la mala fortuna
se arrancaba los brazos
para no ser estorbo
cuando él
precisara abrazarla

pero, terca de ella
su reiterado cuerpo
la carne reemplazada

murió escondiendo brazos
silencios verticales
apoyados
en la pared del sótano.