jueves, 6 de septiembre de 2007

En el cielo tácito

Florencia Walfisch y Carolina Esses leyeron estos textos en la presentación de "El cielo tácito".

Celebrar la aparición de un primer libro puede tomarse como un rito inaugural. Un rito de pasaje o bautismo donde, en el recorrido de la propia escritura, en un momento y lugar y en una ceremonia compartida , se señala un hito: que un texto pase a la órbita de lo público, al universo inmenso de la mirada de los otros.
Siguiendo esta posibilidad, el hito sería el libro y el ritual un encuentro como este, donde personas por distintos caminos confluyen para participar del festejo.
En mi caso y por ser muy breve, conocí a Ana en esta misma sala, junto a otras amigas y amigos poetas, en un encuentro no menos inicial. Compartimos recorridos y búsquedas y sería hablar desde quien no soy si no dijera la emoción y la felicidad que siento en este momento.
Fui testigo de la pasión y entrega, la rigurosidad y el compromiso con que Ana le dio forma a este libro. Lo que sigue no es más que una lectura posible, cargada, sin duda, de la más absoluta subjetividad.

Hay acaso un saber en la niñez que se sabe íntimamente, y del que no se puede dar cuenta sino hasta después. Cuando aquello es pasado, cuando ya se es adulto y se reconoce esa fragua, esa impronta que se tejió entonces. Anclado en la simiente de la infancia para desde ahí vertebrar el cuerpo de su voz, la mirada de el cielo tácito se va esparciendo, regando, entrecruzando.
Arropada en su misterio, su voz da cuenta, al mismo tiempo, de haber tocado filos, zonas de herida, de dolor, de inocencia y de secreto saber. Con la factura impecable de un lenguaje afinado y lírico, agudo y hasta filoso o perturbador en su extremo- entretejido de lo no dicho- las palabras recrean un vislumbre, un ver a través de una puerta entornada, una puerta de siesta. Acaso recordar sea eso, reorganizar en un calidoscopio los pedacitos de aquello que la vivencia ha dejado en nosotros.
Vertebrado en cuatro partes reconocibles, aunque no por eso excluyentes o puras, va desplegando su eco de voces. En el inicio se instala la noción del devenir y la muerte y la pertenencia a cierto linaje femenino, y desde allí el pasado y el presente comienzan a alternarse a través de miradas que se van multiplicando.

Hay el trasluz de un recorrido repleto de fuego, de un ardor silencioso. Ardor por la memoria, interioridad en la memoria. Mundo ocurriendo allí donde aparentemente hay quietud; dualidad.
En un registro que roza por momentos lo onírico y que permite mirar sólo por vislumbres, casi tangencialmente, esa noción se abre como memoria atemporal, y pasado y presente dialogan, se construyen y deshacen. El tiempo se instala como circulo u oleaje.
El presente recrea a la mirada de la niña, siempre a través de un deslizarse por el lente de la que se es hoy. Por un lado, es la mirada que recuerda, rememora a esa niña, y por otro, esa mirada de niña tiene la peculiaridad de su lente y también esa inaugural forma de habitar la soledad, la intimidad, la instancia de nosotros mismos donde no hay nadie más.
Donde se dice en pasado muchas veces se recortan escenas del presente, y desde el presente se enuncian escenas que transcurren ayer, antes, en otro tiempo. Como si ese oleaje y esa temporalidad, hicieran que pasado y presente fluctuasen por vasos comunicantes continuos, como un respirar en ambos tiempos.
Aquí y allá se habita ese tiempo dual, aparecen la siesta y la noche y su correlato de vigilia y sueño. Pero la siesta puede ser sueño o vigilia y la noche puede ser insomnio, desvelo. Puertas adentro hay un mundo doméstico, femenino, pero encumbrado de mares y mareas, de recuerdos y paisajes; esa vigilia es la niñez que no duerme siesta, un viajar como un torrente, fuego. Lo detenido contiene la vida y todo movimiento puede connotar penumbra o extinción. Los sentidos se invierten; lo que tiene que cobijar abandona, lo seguro desasosiega, el desierto ampara.
Así se va trazando una parábola que encalla en la conciencia de sí. Esa voz ejerce su linaje sin complacencias, sabe de su soledad, arranca de sí la devoción necesaria para darse su matriz y forja su sello, se pare a sí misma. Desde ese arco se abre y nutre el mundo de los hombres, con los hombres y la particularidad de ese calidoscopio de mujeres.
La cuarto y última parte instala otro presente, un presente que es hoy pero también es después, como si ese hoy ubicara la llegada a puerto tras una larga travesía. La oscilación es otra, como si se evocase el pasado sólo para rastrear esa conciencia que hoy se habita. cuándo lo supe? título y pregunta inaugural de ese arribo que se palpa y que aunque se sabe siempre tránsito, asume otro estadío.

Podría decirse que la memoria atemporal encarna en un cuerpo, y que ese cuerpo es texto y voz de los poemas, incluso cuerpo del linaje que desfila en ese devenir no lineal. Ese cuerpo precipita su forma, su conciencia, su sensualidad, su inocencia. Y a la vez construye, en la paradoja de saber su finitud, su noción de eternidad.
Los poemas se despliegan y se agrupan como en un desfile de fotos, de recuerdos, engarzando imágenes en un tiempo circular que dan cuenta de lo que hay y lo que falta, de un todo incompleto. En toda incompletud está la infancia, en todo crecimiento cierto sismo. El tiempo atraviesa inexorablemente todo aquello que somos y que fuimos. Y en la cadencia única de lo que vibra en nosotros, la voz se abre paso.
De un modo depurado y maduro, propio y minucioso, dotado de un lirismo original e intenso, va poniendo en escena, por destellos, la vastedad y singularidad de su mundo y da cuenta, en cuatro tiempos, de quien enraiza para nacerse y de quien ha hecho del cielo tácito su arribo y su morada.

Florencia Walfisch


Las últimas veces que visité Montevideo, donde nació Ana, la ciudad estaba casi sumergida en la bruma. No sé si es algo que suele pasar en la costa uruguaya o si fue simplemente el azar, pero guardo este recuerdo: una niebla baja que carcomía los bordes de las cosas como si las desdibujara o como si, usando una imagen de El Cielo Tácito, las mordiera. La claridad del paisaje aparecía por momentos, en destellos o latigazos: Plaza Independencia, Plaza Matriz, el puerto.

Algo similar me sucedió al leer el libro de Ana. Poemas que invitan a ver –una escena, un paisaje- y al mismo tiempo instalan una sombra, como si esa sombra fuese condición del objeto deseado. Cito: “Ella invierte en ver pero quisiera/ montar el velo de su luz femenina.” Así, la escena –de la infancia, de los encuentros nocturnos- se construye del otro lado de una red “esparcida por la bruma”. Red de lenguaje que oculta y descubre, voz que vela lo real y lo transforma en imagen poética: son esas escenas brumosas, llenas de vapores, de cuerpos que “transpiran mareas”, visiones en las que se respira una polvareda hipnótica.

Esta intemperie húmeda (uso palabras del libro) en la que el cuerpo se mueve como barca sin brújula –intemperie que no es necesariamente exterior sino que puede ser el espacio de la casa materna - tiene un límite, un horizonte: un cielo tácito. Cito, la primera parte del poema Blanco y Negro: “El fulgor/ blanco y negro repetía/ alma corazón./ La ventana abierta, el cielo tácito./ La piel sin cicatrices”

Detrás de la ventana, el cielo callado y por qué no faltante, pero en su falta más presente que nunca. Como un anhelo. Este cielo implícito, sobreentendido, supuesto, es el límite del paisaje, inasible en su transparencia pero concreto como último plano de la mirada.

Y digo que el cielo tácito es el límite del paisaje porque la poesía de Ana piensa todo el tiempo en términos de acumulación de imágenes visuales, algunas de ellas en la mejor tradición surrealista. Esta acumulación es uno de los recursos fundamentales de su poesía: cada verso pareciera tener una segunda o una tercera versión, como si cada palabra tuviera su sombra, su cielo tácito en el verso siguiente. Leo: giraste/ trompo de patio hacia la voz que calma./ A tu lado mis ojos/ aureola líquida (...) y yo, brazo de globo/ vocación de rueda/ me alejé.” pág. 11. Otras veces es la acumulación de la acción lo que le da esa apertura al poema, lo que hace rodar la significación. Leo: “Un ave como zorra la distrae/ le acuna la lengua/ le borra el ombligo” pág. 15. Pareciera no ser la sucesión lineal de acciones o de imágenes, sino su simultaneidad, la posibilidad de que todo eso sucede y al mismo tiempo lo que articula los poemas. Hay un abrir lo escrito, una expansión, un juego celebratorio de las posibilidades de la palabra.

Como suele suceder con los primeros libros aquí también se quiere plantear el origen de la voz poética, la necesidad de ubicar el propio poema en relación a una genealogía: son los versos de Marosa di Giorgio, Delmira Agustini, Olga Orozco y más acá en el tiempo, cerrando el libro, Susana Szwarc. Cada uno de los epígrafes hace de síntesis de lo que vendrá después, como si la poeta –instalada en la expansión del lenguaje- hiciera uso de cada una de estas autoras para sintetizar en una imagen lo que sus propios versos extenderán después. Di Giorgio y la visión perturbadora de la infancia, Delmira Agustini y una noche surrealista que “suda cuerpos”, Olga Orozco y la nostalgia –siempre vital nunca pasiva- de visiones anteriores y por último la imagen de Szwarc que nos lleva al presente de la pregunta por la conciencia: “¿Cuándo lo supe?”
Como esa pastora del poema que en lugar de descansar mientras protege a sus animales invierte su labor: suelta pájaros y come pan del pecho del otro, hay en los poemas de Ana una gran generosidad. Palabras que se multiplican en imágenes, que lentamente corroen la experiencia, la certidumbre del propio cuerpo pero a las que el yo –empecinado en ver a pesar de todo- no renuncia. En palabras de Ana: “Esa imagen me atraviesa/ como lanza desgasta/ mi parte mordida” pero esa imagen, que lentamente se va formando a través de cada uno de los poemas no se detiene, ni siquiera a pesar de que detrás de la ventana se esconda como dice en un epígrafe Miguel Hernández, “una gran soledad de rugidos” o quizás porque la poeta sabe que entre esos rugidos se puede encontrar también la palabra cómplice del otro que, como en el epígrafe de Alberto Muñoz, la llame “hermana".
Carolina Esses



Gracias también a Silvita Dabul, la cuarta en la foto, que leyó poemas del libro. La quinta, no sólo estaba allí: teñía todo con su tibia emoción.