miércoles, 19 de septiembre de 2007

Un lugar temblado


Escribo sobre "Ea" como de las raíces que se hunden donde uno ha arcillado. Porque anida en las zonas donde las cosas crecen y mueren. Porque su carne y su agua me bañan y me rodean como nervaduras.
Escucho su voz en la extrema proximidad. No me zambullo en este libro: cae sobre mí como el líquido que en él se traga. Convoca mi abrazo y me asolea en el descampado de sus cuerpos.

En "Ea", la muerte huele y crece. El que muere lo hace sofocado, apabullado. Tierra y cuerpo se ligan: la tierra es "gástrica", el cuerpo se viste de tierra... En la muerte se nace y se retrocede, se ve el reverso de las cosas. La muerte es detenerse en el temblor y en el sonido, constatar la caída, la rotura y la partida: es sentir "debajo de la tierra/ trenes que van/ cosas trizarse/ derribamientos".

En su muerte, el cuerpo de la abuela "dura solo". La abuela muerta es vacía, es "volumen sin nadie". Con ella "todo lo ido regresa a su parálisis". Su partida actualiza y exacerba otras ausencias.

Julia escribe desde el cuerpo. Desde sus vibraciones y sus temblores; sus fluidos y sus emanaciones. Así, el cuerpo da testimonio de vida con su agua. Es agua cuando es y se desagua cuando deja de ser. Busca lo líquido para ensayar la continuidad cuando se multiplica la ausencia.

"Porque no conozco las formas de despedirme de ella/ hago vibraciones/ tengo ascos, mejoro el silencio// Vuelvo a flotar amniótica/ y trago líquidos"

La sonrisa es "como un golpe de agua". Los cuerpos sueltan agua porque están vivos y se mojan, unos a otros, en cada inicio.
"Hijos de hijos de hijos/ con la carne soltando aguas del presente/ en la noche actual y huérfana".

En "Ea", el cuerpo de la abuela muerta marca un límite en el mundo tal como ha sido hasta ahora e instala uno nuevo, donde quien permanece es "la que más está".
La muerte de la abuela lleva de vuelta al vientre de la madre, se hace cuerpo volviendo al origen y al primer desprendimiento, a la primera y gran ausencia.

"(...) dentro de su nombre/ hay otros nombres cargados de cofres"

La muerte se presenta como un no saber, desconocer, no poder mirar para detenerse/retenerse en las cosas y en el mundo. El que se enfrenta a la muerte de quien ama, tampoco sabe. Desconoce. Y se sorprende de las respuestas del cuerpo, de sus modos de seguir en el mundo.
La muerte del otro es así un comienzo. Y el comienzo es siempre amniótico, es del cuerpo y sus reacciones, es de los sonidos y del silencio que se aprende, nuevamente, a habitar.
Los que mueren y los que quedan son vistos en una mínima distancia, a ambos lados de una ventana, en una extrema proximidad.
"El olor que sale de mí/ son todos los perfumes/ retirándose del mundo"

La abuela se muere y "se asolea en un lugar temblado". La vida que la abuela no dio, lo que no hizo, también queda como herencia: "todo se vuelve/ los hijos que no tuvo/ y que debo consolar".
Pero la abuela vuelve también, a su manera, a "remontar lo seco". Porque la muerte deja deseos en la tierra. Y el recuerdo de la risa como contracara de un hundimiento. La risa que nace de un profundo enojo, de la fantasía de no existir para no saber.
El cuerpo se escurre en esa risa, se dilata, se expande, ensaya su mutación.
"Y tenía que agarrarse de la panza, / del pecho/ para no arrojarse/ dentro de esa luz de pozo"
Finalmente, "la que más está" es una cara que "se queda sola, cerca de la tierra, con los hilos sueltos" y que ya no es tocada. Una cara desprendida. Es la niña que "camina por el pueblo/ y se le ven los muertos".
Pero es también la nombrada, la que guarda los cofres de los cofres amados, la que corrió demasiado y conoce el trayecto, la que ha aprendido a mejorar el silencio y también ríe para exorcizar.
"No vengo a buscarte,/ vengo a que me nombres por última vez, / que diga tu labio/ mi miedo a que existo// Es necesario que el que muere/ nos nombre a todos"

"Ea" me nombra, me resguarda en su cofre y en su agua. Tiembla por mí con su sonido de aires, con su lumbre de infancia y su voz de anciana, valiente.

Lo que sigue es una muestra: tres poemas de los 43 que conforman este libro tan bellamente escrito, con una hondura inusual y un lenguaje que se recorta, pulido, original.
Como sucede muchas veces con las mejores voces, la de Julia pareciera nutrirse lateral, bajo una luz más tenue que la que se busca deliberadamente y que resulta, aún así y más aún, ineludible.


32

Encontré una carta de mi padre.
Enorme, poderoso, indiferente, porque
lleno de muerte como está, no puede
prestar atención si la planta de mi pie está
en el asfalto y en las horas.

Por primera vez lo oí nombrarme,
y mi nombre sonó en su boca, en su mano,
en su pulso
como un gajo. De algún lugar
me ha venido este olor a flores nuevas.
En algún sitio han puesto músicas
que suenan igual al sol - yo lo he escuchado una vez,
suena a cintas blancas -.

Mi padre me ha pronunciado,
me ha dado por nacer;
me ha echado a la vida como
esos panes que queman en la mano y
se los tira al fuego.

Malnacida, a solas, me huelo los pechos,
me contemplo con una carta en la mano,
lloro boca abajo.

La carta tiene veinticinco años y fue escrita hoy.



34

En la ausencia de mi abuela,
en el huevo,
está mi madre
que siempre sucede
aunque la muerte la alimente.

La madre corrida por humores
salados y tristes;

la madre, ya sin desear,
brillando oscura y semilla.

La madre de tierra

la que ha perdido el nombre
de tanto llamarla y que no aparezca.

Con ojos sin comenzar
está mi madre,
recorriendo las rejas
con los dedos
que ya empezaron.


36

Para que sea de noche en tu pasado
vuelves a la casa de tu infancia.

No hay nadie
y sin embargo,
tienes la sensación
de niños dormidos adentro.

Un vientre botánico
al fondo,
te lleva al comienzo del mundo
cuando escuchabas pasar
a los hombres, de largo;
y al cuerpo de tu madre y el de tu padre
mojados de ellos.

Árboles abajo, todavía anda
el pájaro de tus alas,
el niño de tus migas,
las manos de tus llaves.

Una luz enorme
como la que borra cualquier creencia,
te encandila,

aún sin empezar,
hueles a haber corrido demasiado.



"Ea", de María Julia Magistratti, Ediciones El Mono armado, se presenta este sábado en Bartolomeo.