miércoles, 5 de septiembre de 2007

Cónsul honoraria


Un poema de Paulina Vinderman


Cónsul honoraria

Te escribo desde la nada,
pequeña oscura funcionaria que ni siquiera ve el río.
La cúpula rota se refleja en los charcos
cuando llueve
y es el único sitio en que brilla el destierro,
la única moneda que parece de oro.

A la hora del café todos hablan de nada,
se espera una tormenta (que pueda desprender el esmalte
del aire) o la notificación de otro destino.
Me siento como un cónsul en mi propia ciudad:
un poema reseco debajo del informe, la mitad
de una carta, una invitación para la fiesta en el muelle.

Esa mujer con los ojos muy pintados debo ser yo,
la que saluda bajo la luz naranja
de los faroles de papel e imagina a una goleta
amarrada a unos pasos
y a su escritorio flotando en alta mar.
El viento es débil
y la humedad de las plantas el punto de impresión.

Una ciudad, otra ciudad, se inclinan sobre mi vida
con su historia (y no lloran la mía)
Nombres tan fuertes como árboles,
tienen razones para llegar al cielo e intentar
resistir al huracán (que también gime un nombre)

La vieja furia por no saber donde piso está presente
(como un clásico)
Una niebla que se levanta del agua y oculta
el horizonte.
Veo mis pies, veo el repliegue,
la noche que termina sin haber empezado,
un cuaderno de notas en los hospitales del mundo.
Una locura de cristal, acuartelada.

Paulina Vinderman
"Bulgaria", 1998


Lo elegí porque me deslumbra el universo que construye, además de estar escrito con una precisión que admiro. Y - como la poesía de Paulina en general- posee hondura sin solemnidad.
Este poema se instala en un universo urbano, de oficina, pero lo hace desde la interioridad. A ese escenario asistimos casi sordos: como si lo viéramos desde adentro de una niebla que se levanta del agua y oculta el horizonte y que parece ser el territorio más certero entre tanta irrealidad.
El territorio es la nada, el destierro. Una noche que no llega a realizarse. Sólo la furia (vieja, que siempre ha estado) parece brindar al yo algo reconocible y propio, en la neblina. De eso propio, sólo se ven los pies, y por tanto la posibilidad del tránsito. Así es posible esperar la noticia de alguna transición: una tormenta que notifique el traslado.

El yo es una exquisita fragilidad que se atrinchera, un cristal (entre escritorios) que se resguarda. Lo demás es exterioridad y desdoblamiento: esa mujer con ojos muy pintados (...). Un cónsul en la propia ciudad, un elegido que a nadie representa o cuya representación es inútil, vana. Un habitar entre elementos caducos o remanentes de pequeñas destrucciones: un poema reseco, una cúpula rota. Cuadernos de notas en los hospitales.
En un aire recubierto y cargado, se entrevé una esperanza: que vuelva la lluvia, el agua que limpia o mejora.
Arriba, en el cielo, ocurren otras cosas: un huracán, nombres fuertes, gemidos. Hay ciudades que padecen su propia historia y que se inclinan desde la ajenidad: no lloran por otras.
Abajo, el único brillo está en los charcos, en lo que queda de la lluvia, entre lo débil del viento, la insuficiente humedad de las plantas. Y sólo queda imaginar el altamar, esperar la tormenta . Algo que, intuimos, en el mejor de los casos, tardará en llegar.


Cuadro: Caridad Pontes. "Bloqueo". Óleo sobre tela (1999).