martes, 28 de agosto de 2007

A brisa do coração


















Hace nueve años tomé estas fotos. Llegué a Lisboa como se llega a un lugar cuando fascinan sus representaciones: buscando acceder al territorio, al olor, la temperatura, los sonidos. Estaba cerca; imposible no ir.

Llegué empujada por él

... por su modo de ser Pereira, por el libro de Tabucchi que antes había leído y por querer caminar, yo también, por la Plaza del Comercio. Por "A brisa do coração" de Dulce Pontes en la secuencia final de la película: por descubrir el fado en esa voz dulcísima y buscar su nombre en los créditos... Y sobre todo, antes de todo eso: por Pessoa, el paso de Pessoa, el río Tajo y Pessoa.


"Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa replandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte.
En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene".