viernes, 20 de julio de 2007

La evolución






















El blanco de la tapa y las escalas concéntricas. Dejarse atravesar por el movimiento. Aceptar lo inestable. Ese "no sé en las cosas/ que parecen quietas/ por apagarse".
Los movimientos que reflejan pequeños y grandes cambios; el "estrellarse" de los objetos, que despliega lo lúdico o instala ausencias implacables.

... "pero los giros que adopta la corriente (...) quién los prevé"

"La evolución" sigue dando vueltas en mi escritorio, sin llegar al estante, desde hace casi dos meses.
Porque no puedo copiar todo el libro, van sólo dos poemas, uno de la parte inicial, otro de la parte final. Y eludo los más reveladores, sólo por no restarle intensidad al descubrimiento.




De que estas escenas se sucedan
en una quinta con
demasiados árboles
con aves y hojas, demasiadas
en crecimiento, listas
para caer, nadie
tiene la culpa.

Si una pastilla emite ondas
-disgregarse en el vaso-
círculos concéntricos
el movimiento termina
nadie tiene la culpa.

Quién resiste
la efervescencia
la calma posterior.




Como siempre hasta el momento
duermo y despierto
hasta que el momento
se presente.

Duermo con temor y despierto decepcionado
con la razón y la fuente de mi temor.

El peso de cada palabra
hoy no provoca otra cosa que
sueño, un sueño inmenso.

Hay mapas en la mente
de colores flúo que jamás
elegirían para un afiche moderno.

Tos de Nina. Los ojos
deben mantenerse cerrados
-dice el libro del día
los chicos tosen
para doblegar.
Elegiría volver
cuando se arreglen las cosas.


Gabriel Reches (La evolución)